Prisionero 760

Entrevista a Mohamedou Slahi para el programa 60 Minutes en la cadena americana CBS. En ella habla de sin censura de su detención ilegal, traslado y torturas recibidas en la prisión militar de la bahía de Guantánamo.

http://www.cbsnews.com/videos/prisoner-760/

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Mensaje de Slahi tras su liberación de Guantánamo

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El Autor de “Diario de Guantánamo” se reune en Mauritania con su familia tras la Junta de Revisión Permanente

Mohamedou Ould Slahi, STRINGER / (AFP)

Mohamedou Ould Slahi, STRINGER / (AFP)

El gobierno de Estados Unidos ha transferido Mohamedou Ould Slahi a su Mauritania natal, donde se reunió con su familia.

Tras 14 años de permanecer preso sin cargos ni condena el la prisión de Guantánamo. Una revisión por parte de la Junta de Revisión Periódica de la seguridad nacional de los EE.UU., la inteligencia nacional y otros funcionarios, declaró la libertad de Slahi en julio, después de determinar que no representa una amenaza significativa para la seguridad de los Estados Unidos.

Me siento agradecido y en deuda con las personas que han estado a mi lado, dijo Slahi sobre su liberación. He llegado a saber que la bondad es transnacional, transcultural y transétnica. Estoy encantado de reunirse con mi familia.

Slahi es el autor del libro de memorias de mayor venta Diario de Guantánamo, que fue lanzado con gran éxito de crítica en 2015. En el describe una odisea que comenzó en 2001, cuando, a instancias del gobierno de Estados Unidos, las autoridades mauritanas le detuvieron después de que se presentase voluntariamente a un interrogatorio. Los EE.UU. le trasladaron a prisiones en Jordania y Afganistán antes de su traslado definitivo a Guantánamo, donde fue torturado.

Estamos encantados de que la pesadilla de nuestro cliente haya llegando definitivamente a su fin, dijo Nancy Hollander, uno de los abogados de Slahi. Después de todos estos años, no quiere nada más que estar con su familia y reconstruir su vida. Estamos muy agradecidos a todos los que ayudaron a hacer de este día una realidad.

Con la liberación de Slahi, 60 presos permanecen en Guantánamo, 19 de los cuales ha sido declarada su libertad.

Estamos felices del reencuentro de Mohamedou y su familia, y que su versión haya terminado con la farsa que es Guantánamo“, dijo Hina Shamsi, uno de los abogados y director de Unión Americana de libertades Civiles (ACLU) Slahi. Decenas de hombres todavía permanecen atrapadas en Guantánamo. Sin tiempo que perder, el presidente Obama debe liberarlos y no sólo cerrar la prisión, debe acabar con la práctica ilegal de la detención indefinida que representa.

Slahi es liberado después de una audiencia el pasado 2 de junio por la Junta de Revisión Periódica, un panel ejecutivo que revisa periódicamente la detención prolongada de los detenidos en Guantánamo. Entre las pruebas que el PRB revisó, estaba una carta de apoyo presentada por un ex guardia militar de Estados Unidos en Guantánamo que fue asignado a Slahi durante 10 meses.

La campaña para liberar Slahi, encabezada por la ACLU, ha reunido el apoyo tanto en los EE.UU. como en el extranjero. Más de 100.000 personas firmaron peticiones de la ACLU, Change.org, y MoveOn pidiendo su liberación. También recibió el apoyo de famosos como Maggie Gyllenhaal,  Mark Ruffalo, y  Roger Waters . En el Reino Unido, los miembros del Parlamento en el que se trató su caso, instó al gobierno británico para pedir a los EE.UU. la liberación de Slahi.

Slahi nació en Mauritania en 1970 y fue becado para estudiar en una universidad alemana. A principios de 1990, Slahi combatió con Al Qaeda cuando era parte de la resistencia afgana anticomunista apoyada por los EE.UU. El único juez federal que revisó su caso en 2010, señaló que el grupo entonces era muy diferente a lo que es en la actualidad.

Slahi trabajó en Alemania durante varios años como ingeniero y regresó a Mauritania en 2000, al año siguiente fue detenido por las autoridades mauritanas, al amparo de los EE.UU., y traladado a una prisión en Jordania. Más tarde, los EE.UU. le trasladaron de nuevo, primero a Bagram (Base de la Fuerza Aérea en Afganistán) y, finalmente, en agosto de 2002, a la prisión estadounidense de Guantánamo, donde fue sometido a graves torturas.

Slahi fue uno de los dos prisioneros denominados como proyectos especiales cuya brutal tratamiento aprobó Rumsfeld personalmente. Los abusos incluyeron palizas, aislamiento extremo, privación del sueño, habitaciones frías, grilletes en posiciones de estrés, y amenazas de muerte contra Slahi y su madre. El habeas corpus que presentó Mohamedou ante un juez del distrito federal, determinó que su detención era ilegal y ordenó su liberación en 2010. El gobierno de Estados Unidos apeló con éxito esta decisión, y el caso de habeas aún estaba pendiente.

El libro de Slahi, es primer y único testimonio en forma de memorias escrita por un prisionero de Guantánamo, fue publicado en enero del año 2015, con numerosas redacciones debido a la censura del ejercito americano, a partir de 466 páginas manuscritas que hizo llegar a su abogado. Estuvo varias semanas en la lista de libros más vendidos del New York Times, y desde entonces ha sido traducido a varios idiomas para su publicación en más de 25 países.

Varios pasajes del libro de Slahi, junto con contenido de vídeo y audio, se pueden ver aquí: http: // www .guantanamodiary.com

Fuente: ACLU

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Estados Unidos libera al autor del diario censurado de Guantánamo

Mohamedou Ould Slahi, este martes en Mauritania STRINGER / (AFP)

Mohamedou Ould Slahi, este martes en Mauritania STRINGER / (AFP)

Slahi es transferido a su Mauritania natal tras 14 años encarcelado sin ser acusado de ningún delito

La voz de Linda Moreno transmite emoción y felicidad. “Todo el equipo está jubilante. Estamos entusiasmados”, explica la abogada por teléfono desde Florida. Su cliente, el mauritano Mohamedou Ould Slahi, ha abandonado el penal estadounidense de Guantánamo (Cuba) tras pasar 14 años encarcelado sin haber sido acusado de ningún delito. Slahi es un icono del limbo de detención indefinida y abusos que encarna Guantánamo desde que el año pasado publicara el primer diario de cautiverio de un recluso que seguía en la cárcel militar.

Slahi, nacido en 1970, llegó la noche del lunes a su Mauritania natal, donde empezó la pesadilla que le llevaría en agosto de 2002 a Guantánamo por presuntos lazos terroristas. Con buen aspecto físico, sonriente y vestido con ropa tradicional, el excarcelado fue recibido por sus allegados en la casa de su familia en un barrio trabajador de Nuakchot, la capital del país. A su llegada, agradeció los “esfuerzos” de las autoridades mauritanas para acogerlo. Está libre de todo cargo judicial en su país, según informa la agencia Efe.

La salida de Slahi, que era ingeniero de telecomunicaciones, tiene lugar a los tres meses de que un comité interno aprobara su liberación tras considerar que ya no era peligroso, lo que en algunos casos lleva mucho más tiempo. Entonces, explica la abogada Moreno, el Gobierno mauritano se ofreció a acogerlo.

Con la marcha de Slahi, quedan 60 detenidos en Guantánamo, un tercio de los cuales han sido autorizados a ser liberados si se encuentra un país que quiera aceptarlos bajo un régimen inicial de libertad vigilada. La mayoría no han sido acusados de nada. A tres meses del fin de la presidencia de Barack Obama, la Casa Blanca mantiene la voluntad de cerrar el penal, como prometió el mandatario demócrata hace casi ocho años.

“Son días de completa alegría y reflexión”, dice Moreno, que representaba gratis, junto a otros dos abogados, a Slahi. “Deseamos que aquellos que permanecen reciban la justicia que se merecen”, agrega en referencia a los presos en el centro de detención de Guantánamo, abierto en 2002 por el Gobierno del republicano George W. Bush para albergar a sospechosos de terrorismo y esquivar las protecciones internacionales.

Slahi escribió en 2005 en su celda de aislamiento Diario de Guantánamo, la más completa y espeluznante recopilación de los abusos (sexuales, privación de sueño y alimentación, posturas extremas en salas congeladas) que padeció en la prisión y que fueron confirmados en investigaciones oficiales. El libro se publicó en enero de 2015, tras autorizarlo el Gobierno estadounidense una vez tachadas más de 2.500 palabras alegando motivos de seguridad. Y rápidamente se convirtió en un éxito de ventas.

“Empecé a alucinar y a escuchar voces de forma clara”, describe el exrecluso en el libro, en que detalla su día a día en Guantánamo. Revela cómo los interrogadores ofrecían comida del local de McDonald’s que hay en la base militar como incentivo a los reos para hacerles hablar. Y sus reflexiones sobre el penal: “Me gustaría creer que la mayoría de estadounidenses quieren que se haga justicia, y no están interesados en financiar la detención de gente inocente”, escribe en el último párrafo del diario.

Moreno vio por última vez a su cliente a finales del año pasado. Entonces, explica, él era consciente del impacto del libro. “Es una persona muy humilde, así que puedo decir que recibió toda la atención y los elogios con gran humildad y un poco de vergüenza”, dice la abogada, una estadounidense de origen cubano que ejerce de abogada desde hace 36 años.

EE UU arrestó en noviembre de 2001 a Slahi en Mauritania al considerar que podía estar involucrado en un fallido atentado en Los Ángeles en 1999, lo que nunca se demostró. La sospecha se alimentaba por el hecho de que Slahi, que vivió en Alemania y Canadá, había entrenado en los años noventa en un campo de Al Qaeda y había combatido al Gobierno comunista de Afganistán cuando este era enemigo de EE UU. Un avión de la CIA lo trasladó sin aviso de Mauritania a una cárcel secreta en Jordania, en julio de 2002 a una prisión en Afganistán y en agosto a Guantánamo.

Allí ha permanecido hasta ahora sin cargos. En 2010, un juez federal decretó su liberación al aceptar la petición de hábeas corpus hecha por su defensa. El Gobierno estadounidense recurrió y el caso no se destrabó hasta la decisión del comité hace tres meses.

La letrada está segura de que hay funcionarios estadounidenses que han leído el diario de Slahi. “El libro no tiene odio, solo compasión y entendimiento sobre cómo la gente a veces puede hacer cosas terribles a otro”, afirma.

Moreno cree que Slahi, rodeado por su familia en Mauritania, podrá superar los traumas de Guantánamo: “Tenemos una confianza extraordinaria en el futuro de Mohamedou. Tiene un don como escritor y es extremadamente inteligente”.

Fuente: El País

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Diario de Guantánamo

Mohamedou Ould Slahi sufrió en Guantánamo el más estricto aislamiento

Mohamedou Ould Slahi sufrió en Guantánamo el más estricto aislamiento

La reciente publicación de Diario de Guantánamo del mauritano Mohamedou Ould Slahi, preso en la cárcel estadounidense, ha sacudido las conciencias de un país que no es el mismo desde el 11-S de 2001. El libro describe en primera persona las torturas y privaciones de un preso en un limbo legal que no cesa, y ha suscitado ya gran debate en medio mundo. He aquí la magnífica crítica que The New York Times ha publicado sobre el libro.

En torno al 11 de septiembre de 2001, el carácter americano cambió. “Los valores más elevados”, de los que los estadounidenses presumíamos orgullosos, pasaron a considerarse lujos que el país apenas podía permitirse en esa nueva era de peligro. La justicia y su principio fundamental de inocencia hasta que no se demuestre la culpabilidad se convirtió en un riesgo; su indulgencia, en una debilidad. Al ser preguntado recientemente por un hombre inocente que había sido torturado hasta morir en un centro clandestino de detención de la CIA en Afganistán, el antiguo vicepresidente Dick Cheney no titubea: “Me preocupan más los malos que fueron puestos en libertad que los pocos que, efectivamente, eran inocentes”. En esta nueva era en la que se sacrificaría cualquier cosa en aras de la seguridad del país, la tortura e incluso el asesinato de inocentes han de catalogarse, simple y llanamente, como “daños colaterales”.

Diario de Guantánamo es el relato más intenso escrito hasta la fecha. Un día de otoño, hace trece años, Mohamedou Ould Slahi, ingeniero eléctrónico de 30 años especializado en telecomunicaciones, recibió la visita en su casa de Nuakchot, Mauritania, de dos agentes que lo emplazaron al Ministerio de Inteligencia del país para responder a unas preguntas. “Llévese su coche”, le dijo uno de los hombres, mientras Slahi permanecía en el umbral con su madre y su tía. “Esperamos que pueda volver hoy mismo”. Al oír esas palabras, la madre de Slahi clavó sus ojos en su hijo. “Es el sabor de la impotencia”, escribe, “cuando ves a un ser querido desvanecerse como un sueño y no puedes hacer nada para ayudarle… Por el espejo retrovisor vi a mi madre y a mi tía rezando, hasta que cogimos la primera curva y mi familia desapareció”.

Aquello sucedió el 20 de noviembre de 2001. Desde entonces, la madre de Slahi ha muerto, y su hijo nunca ha regresado. Aquel día de otoño, dos meses después del 11-S, Slahi comenzó lo que él llama su “vuelta interminable por el mundo”, cortesía de los diferentes organismos estadounidenses de seguridad nacional. Tras una semana de interrogatorios en Mauritania, un “traslado extraordinario” le llevó a un centro clandestino de Jordania, donde siguió siendo interrogado, a veces brutalmente, durante ocho meses. De ahí fue trasladado en avión, con los ojos vendados, engrilletado y en pañales, a la base aérea de Bagram, en Afganistán, para otras dos semanas de interrogatorios. Acabó aterrizando en Guantánamo, donde sufrió meses del más estricto aislamiento, semanas de privación del sueño, temperaturas y niveles de sonido extremos y otra serie de elaboradas torturas, detalladas en un “plan especial” aprobado personalmente por el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, y donde permanece hasta la fecha.

Slahi escribió estas memorias en su celda de aislamiento en verano de 2005, y tras una batalla legal que se ha prolongado durante seis años, por fin las tenemos entre manos. Escritas en el inglés coloquial, aunque limitado, que pudo aprender durante su cautiverio, las páginas están deformadas por miles de “correcciones” tachadas en negro, cortesía de los agentes de inteligencia estadounidenses que desempeñaron un papel protagonista. El trabajo es una especie de obra maestra oscura, una epopeya de dolor, angustia y humor amargo, a veces insoportables, que el Dostoievski de Memoria de la casa de los muertos habría reconocido y saludado.

En sus raíces encontramos una ambigüedad exasperante, nacida de un sistema que no se rige por las reglas de las pruebas palpables o los juicios justos, sino de la sospecha, la paranoia y la violencia. Con los ojos vendados, los oídos tapados y engrilletado, Slahi viaja a una cárcel secreta de Jordania (aunque se supone que no tiene ni idea de en qué lugar del planeta está), y a su llegada le entrevistan dos agentes estúpidos que parecen sacados de una obra de Beckett:

“¿Qué has hecho?”.

“¡No he hecho nada!” Los dos estallan en una carcajada.

“Ah, claro, ¡no has hecho nada pero aquí estás!”. Me preguntaba qué crimen debería confesar para satisfacerles.

Eso, ¿qué crimen? Si la culpabilidad se presupone, ¿cómo es posible demostrar la inocencia? Y al igual que le ocurre al Joseph K. de Kafka, tercer gran espíritu literario que se deja asomar por estas páginas, los indicios de la culpabilidad de Slahi están por doquier: luchó en Afganistán a principios de los años noventa con Al Qaeda (a la sazón apoyada indirectamente por Estados Unidos); su primo lejano y luego cuñado se convirtió en uno de los principales consejeros espirituales de Bin Laden; había estudiado en Alemania, como los otros conspiradores del 11-S; había rezado en la misma mezquita de Montreal que el conspirador del “milenio”; había conocido a Ramzi Binalshibh, uno de los cerebros del 11-S.

Esos indicios, entre otros, significaban que daba el perfil de “un terrorista de alto nivel, cuya inteligencia va más allá de la fe”, dice Slahi. Esa será la premisa de los interrogadores estadounidenses, y nada de lo que los mauritanos y los jordanos dicen, por no hablar ya de lo que Slahi sostiene durante los meses de interrogatorios cada vez más brutales, puede hacerles cambiar de opinión. Las memorias de Slahi están repletas de unos diálogos tan patentemente absurdos que bien podrían estar sacados directamente de El proceso. A saber:

“Las reglas han cambiado. Lo que antes no era un crimen ahora está considerado como tal”.
“Pero si yo no he cometido ningún crimen, y por muy duras que sean vuestras leyes, yo no he hecho nada”.

“¿Qué me dirías si te enseño las pruebas”.

El interrogador le muestra una lista con las 15 “peores personas” de Guantánamo, donde aparece como número uno.

“Tiene que estar de broma”, dije.

“Pues no. ¿Es que no entiendes lo serio que es tu caso?”.

“Así que me raptáis de mi casa, en mi país, me mandáis a Jordania para que me torturen, luego a Bagram, ¿y aun así soy peor que la gente a la que pillasteis empuñando armas?”.
“Exactamente. ¡Eres muy listo! Para mí, cumples todos los requisitos de un terrorista de primer nivel. Cuando te paso el test de control terrorista, apruebas con una nota altísima”.

Estaba aterrorizado, pero siempre intentaba reprimir el miedo.

“¿Y cuál es tu [“corrección”] lista?”.
“Eres árabe, eres joven, participaste en la yihad, hablas varios idiomas, has estado en muchos países y eres licenciado en una disciplina técnica”.
“¿Y eso qué crimen es?”, pregunté.
“Mira a los secuestradores de los aviones: eran iguales que tú”.

En una sesión posterior, el interrogador recibe a Slahi con un reproductor de vídeo y le promete mostrarle la prueba definitiva. “¿Estás preparado?”, le pregunta en tono dramático, con el dedo apoyado en el botón de play. Slahi respira hondo, “listo para pegar un respingo al verme haciendo saltar por los aires algún edificio estadounidense de Tombuctú”. En cambio, la cinta mostraba a Bin Laden hablando sobre los ataques del 11-S. “Eres consciente”, le pregunta a su interrogador con su característico humor ácido, “de que no soy Osama Bin Laden, ¿verdad?”.

La culpabilidad de Slahi sigue siendo innegable, indiscutida e incuestionable, aun cuando las acusaciones sobre lo que hizo cambian. Los estadounidenses parten de la certeza de que su prisionero fue el cerebro del “complot del milenio”, el intento en 1999 a manos de Ahmed Ressam de introducir explosivos por la frontera canadiense para volar el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. Llega un momento en que Slahi confesaría de buena gana -llega un momento en que confesaría cualquier cosa que le pidiesen-, pero está atrapado en una paradoja de la que no puede escapar: “Si no conoces a alguien, no lo conoces y punto, no hay forma de cambiarlo”. Cuando los interrogadores parecen a punto de aceptar por fin la evidencia a la que ya habían llegado hace tiempo sus homólogos mauritanos, jordanos y canadienses -Ressam se había marchado de Montreal antes de la llegada de Slahi-, los estadounidenses se aferran a una nueva teoría, gracias a una confesión de Ramzi Binalshibh: Slahi había sido el “reclutador” principal para la mismísima “Gran Boda”, el complot que conduciría nada menos que al 11-S.

Según hemos podido saber gracias a un informe recién publicado por el Comité de Inteligencia del Senado, en aquella fecha Binalshibh estaba siendo sometido a torturas brutales en un centro clandestino de Marruecos. A estas alturas, Slahi está sufriendo las miles de técnicas del “plan especial” de Rumsfeld: aislamiento estricto; temperaturas heladas constantes, “hasta tal punto que no podía dejar de temblar”; posiciones de estrés, con horas pasadas de pie e inclinado, con las manos engrilletadas al suelo; baños periódicos con agua helada que le dejaban “temblando como un enfermo de Parkinson”; palizas en la cara y las costillas; abusos sexuales repugnantes; amenazas de muerte y de secuestro a su madre y otros familiares; e interrogatorios infinitos sin permitirle dormir. “Durante los próximos 70 días”, escribe, “no conocería el placer del sueño: interrogatorios de 24 horas al día, con tres y hasta cuatro turnos”.Periódicamente lo arrastran hasta una habitación oscura y lo arrojan a un suelo mugriento.

“La habitación estaba oscura como una tumba. [Corregido] puso una canción altísima -de verdad, altísima-. La canción era Let the Bodies Hit the Floor. Puede que nunca la olvide. Al mismo tiempo, [corregido] encendió unas luces de colores que me hacían daño en los ojos. ‘Si te duermes, [improperio], voy a hacerte daño’, dijo. Tuve que escuchar la canción una y otra vez hasta la mañana siguiente. Entonces empecé a rezar. ‘Deja ya la [improperio] oración’, gritó”.

Slahi empieza a alucinar, oye voces: sus amigos y familiares le “visitan”, intentando consolarlo; tiene miedo de estar volviéndose loco. Durante todo ese tiempo, interrogatorio tras interrogatorio, le muestran la “prueba” de Binalshibh. “¿Por qué iba a mentirnos?”, le preguntan los interrogadores.

Tenían la respuesta delante de sus narices, como la tenemos nosotros, descarnadamente, sobre la página. Binalshibh miente por el mismo motivo por el que lo hace Slahi: se trata de la única herramienta que tiene para detener el dolor.Desesperado por confesar haber planeado unos complots cuyos detalles ignora, Slahi suplica a sus interrogadores que le digan qué se supone que ha hecho: “¿Y cuál era mi plan malvado?”.

“Puede que no fuese exactamente atentar contra EE. UU. ¿Atacar la Torre CN de Toronto, quizás?”, dijo. Me pregunté si ese tipo estaba loco. Nunca había oído hablar de esa torre.
“¡Eres consciente de que si admito tal cosa tengo que implicar a otras personas! ¿Qué pasaría si resulta que estoy mintiendo?”, dije.
“¿Y qué? Sabemos que tus amigos son malos, así que si los arrestan, aunque sea por una mentira tuya [corregido], no importa, porque son malos”.

De modo que Slahi, vejado, exhausto, aferrándose a duras penas a la cordura, empieza a dar nombres, describir tramas, ofrecer información incriminatoria sobre cualquiera por el que le preguntan, “aunque no lo conociera. Cada vez que pensaba en la frase ‘No lo sé’ me entraban náuseas, porque recordaba las palabras de [corregido]: ‘¡Si vuelves a decir que no lo sabes, que no te acuerdas, te vamos a [improperio]!’.

Así fue como el inmenso y brutal mecanismo de los interrogatorios estadounidenses, extendiéndose por el mundo en un archipiélago de centros clandestinos con cientos de detenidos a merced de un número desconocido de interrogadores, se transformó en una intrincada máquina para generar una ficción reafirmadora. El proceso, que nunca se había descrito de manera más íntima ni convincente, recuerda peligrosamente a una versión posmoderna y globalizada de los juicios a las brujas de Salem: unos inquisidores fervorosos, ajenos a las dudas, que aplican una violencia implacable para evocar un mundo fantástico, nacido de los miedos colectivos de sus propias imaginaciones.

También son nuestros miedos, claro. Este libro no tendrá gira del autor, puesMohamedou Ould Slahi sigue en Guantánamo. Nosotros lo mantenemos ahí. Ya han pasado casi cinco años desde que James Robertson, juez de un Tribunal de Distrito de Estados Unidos, aceptase la petición de hábeas corpus para Slahi y ordenara su puesta en libertad, pero el Gobierno interpuso un recurso, con lo que el mauritano sigue preso e incomunicado. En su ausencia, según escribe Larry Siems, el libro de Slahi “se ha editado dos veces: primero por el Gobierno de Estados Unidos, que añadió más de 2.500 correcciones tachadas en negro que censuran el texto de Mohamedou, y luego por mí. Mohamedou no ha podido participar ni responder a ninguno de esos elementos editados”. Entre las muchas correcciones, cerrilmente absurdas y descuidadas en su mayoría, el diálogo entre interrogador y prisionero continúa.

Mientras tanto, en la base de Guantánamo, los cargos acerca de enormes complots han ido abandonándose uno detrás otro. ¿Cuál es exactamente el crimen cometido por Slahi? Ahora solo se le acusa de haberse unido a Al Qaeda en el pasado, algo que nunca refutó, y de seguir siendo miembro, algo que siempre ha negado. Al final, como al principio, la culpabilidad nace por asociación: la cuestión es a quién conocía, no lo que puede demostrarse que ha hecho. “Me recuerda a Forrest Gump”, le decía Morris D. Davis, antiguo fiscal jefe de Guantánamo, a Siems en una entrevista en el año 2013.

“En la historia de Al Qaeda y el terrorismo ha habido muchos episodios importantes”, señalaba Davis, “y allí estaba Slahi, oculto en algún lugar de fondo. Estuvo en Alemania, en Canadá, en varios lugares que parecen sospechosos, y eso llevó a los investigadores a pensar que se trataba de un pez gordo. Pero luego, cuando de verdad hicieron el esfuerzo por investigarlo, no era ahí donde llegaban… su conclusión fue que hay mucho humo, pero ningún indicio”.

Nuestro país ha torturado a Slahi. Cuando el sufrimiento causado por lo que no ha sido probado ni condenado se entiende únicamente como un daño colateral, América ha cruzado el abismo. Los pasos que nos han llevado ahí fueron en gran parte secretos pero, gracias a éste y a otros relatos, ahora los conocemos: ahora sabemos de dónde venimos y a dónde vamos. Lo que no sabemos aún es cómo regresar.

Fuente: El Cultural

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Diario de Guantánamo

Slahi 2013 Cruz Roja Internacional

Slahi 2013 / Cruz Roja Internacional

“Bienvenido al infierno”, le dijo un guardia de la prisión de Guantánamo… y así ha sido. Mohamedou Ould Slahi fue detenido en su natal Mauritania a petición de Washington –en su pasado tuvo contacto con Al-Qaeda–, acusado de planear un atentado terrorista. Desde 2002 está en la cárcel que Estados Unidos tiene enclavada en la isla de Cuba, donde lo han sometido a inimaginables torturas, al grado de quebrar su voluntad y obligarlo a declararse culpable. Todo lo anterior lo narra el joven mauritano en el libro Diario de Guantánamo.

“Julio, 2002, 10:00 pm. La música se había terminado. Las conversaciones de los guardias se iban apagando. El camión quedó vacío. Me parecía estar solo en ese vehículo. Pero la espera no duró: Sentí la presencia de nuevas personas, un equipo silencioso. No recuerdo ni una sola palabra durante la ‘rendición extraordinaria’ (eufemismo para llamar al secuestro de un sospechoso de terrorismo).

“Alguien me estaba aflojando las cadenas que llevaba en mis muñecas, otro me las quitó y un tercero me esposó mucho más fuerte. Otro me rompió la ropa con unas tijeras, mientras pensaba: ‘¿Qué mierda está pasando?’. Pensé: ‘Tal vez estoy en manos de los estadounidenses, me devolverán a casa, harán todo en secreto’. Pero mis pensamientos más pesimistas me decían: ‘¡Estás listo! Los norteamericanos lograron incriminarte con alguna mierda y te llevan a una prisión estadunidense por el resto de tu vida’.”

Mohamedou Ould Slahi estaba con los ojos vendados a la espera de que agentes de la CIA lo trasladaran en el avión N379P de la capital jordana, Amán, a la base militar de Bagram, en Kabul, Afganistán.

Durante el verano y comienzos del otoño de 2005, Slahi escribió a mano 466 páginas de lo que sería el libro Diario de Guantánamo. Lo redactó en una pequeña celda de aislamiento en el campo Echo de Guantánamo. Comenzó poco después de que se entrevistó con Nancy Hollander y Sylvia Royce, abogadas de su defensa.

Por los estrictos protocolos de censura de Guantánamo, cada página que Slahi escribió era entregada al gobierno de Estados Unidos para su “revisión”.

El 15 de diciembre de 2005, tres meses después de haber finalizado la última página del manuscrito, Slahi interrumpió su testimonio ante el Comité de Revisión Administrativa en Guantánamo, para decir a los presentes: “Hace poco escribí, mientras estaba aquí en prisión, un libro acerca de mi historia. Lo envié para su publicación al Distrito de Columbia y cuando sea publicado les aconsejo que lo lean. Un poco de publicidad. Es un libro muy interesante, creo”.

Pero el manuscrito no fue publicado inmediatamente. Tardó 10 años en salir a la luz. Fue sellado con la palabra “secret”, con el argumento de que su difusión pondría en riesgo la seguridad de la nación. Fue depositado en un archivo secreto en Washing­ton, accesible sólo para funcionarios con autorización especial.

Durante más de seis años los abogados de Slahi batallaron para obtener el manuscrito y lograr que su contenido fuera público.

De Alemania a Canadá

Slahi nació el 31 de diciembre de 1970 en Rosso, Mauritania. Su familia se mudó a la capital, Nuakchot, donde el joven (hijo de un vendedor de camellos) terminó la primaria con notas sobresalientes, y por sus dotes intelectuales ganó en 1988 una beca para estudiar en Alemania. Sería el primer miembro de su familia en ir a la universidad… y el primero en subir a un avión.

En Alemania estudió ingeniería eléctrica con la idea de trabajar eventualmente en telecomunicaciones y computación. Pero decidió suspender sus estudios para participar en una causa que entonces atraía a muchos jóvenes musulmanes: la insurgencia contra el gobierno comunista de Afganistán. Para sumarse a esa campaña, Slahi necesitaba prepararse, así que en 1991 se entrenó en el campo Al-Farouq, cerca de la ciudad afgana de Jost. Allí permaneció siete semanas y juró lealtad a Al-Qaeda.

Slahi regresó de todos modos a sus estudios tras recibir entrenamiento de combate, pero a comienzos de 1992, cuando el gobierno comunista afgano estaba a punto de caer, regresó a Afganistán, donde permaneció hasta la caída de Kabul.­ Pero tras el ascenso de los mujaidines al poder y el creciente caos afgano, Slahi volvió a Alemania y, según él, cortó todo vínculo­ con Al-Qaeda.

De regreso en Alemania completó su licenciatura en ingeniería eléctrica en la Universidad de Duisburgo; se esposa lo alcanzó en esa ciudad, donde vivieron y trabajaron durante los noventa.

Slahi siguió en contacto con amigos de su aventura afgana, algunos de los cuales aún tenían vínculos con Al-Qaeda. Entre ellos estaba su primo lejano y concuño Mah­fouz Ould al-Walid, también conocido como Abu Hafs al-Mauritani, uno de los principales consejeros de Osama Bin Laden.

Ambos tenían frecuentes conversaciones telefónicas y una de ellas, en 1999, realizada por Abu Hafs con el teléfono satélite de Bin Laden, encendió las alarmas de los servicios alemanes de inteligencia, los cuales descubrieron que en dos ocasiones Slahi había ayudado a Hafs a transferir 4 mil dólares a su familia en Mauritania.

En 1998, Slahi y su esposa viajaron a Arabia Saudita para participar de la tradicional peregrinación a La Meca. Ese mismo año, y sin haber conseguido la residencia en Alemania, el mauritano siguió el consejo de un amigo y solicitó un visado a Canadá. Llegó a Montreal en noviembre de 1999.

No estuvo mucho tiempo, la policía canadiense lo buscó para interrogarlo por sus conexiones con Al-Qaeda, especialmente por si sabía del complot de un amigo suyo, el argelino Ahmed Ressam.

Éste fue detenido el 14 de diciembre de 1999 en un vehículo cargado de explosivos que planeaba detonar en el aeropuerto de Los Ángeles. Ese plan terminó llamándose El Complot del Milenio. Ressam vivía en Montreal, pero asistía a la mezquita Al Sunnah –como el mauritano– y tenía muchas conexiones que ambos compartían.

El arresto de Ressam desató una gran investigación que implicaba a la comunidad musulmana de Montreal, y en especial a la que asistía a la mezquita Al Sunnah,­ y por primera vez en su vida Slahi fue interrogado por posibles vínculos con el terrorismo.

“Bienvenido al infierno”

Su familia lo convenció de que se fuera de Canadá, donde muchos de sus compañeros de mezquita eran interrogados frecuentemente. Slahi decidió regresar a su país natal.

Con su regreso comenzó la odisea que eventualmente se convertiría en el libro Diario de Guantánamo.

“Enero de 2000: Volé de Canadá a Senegal, donde compañeros me llevarían a Mauritania. Fuimos detenidos por las autoridades e interrogados por el llamado Complot del Milenio. Las autoridades estadounidenses me llevaron a Mauritania, donde seguí siendo interrogado.

“Febrero de 2000: Me siguieron interrogando por el Complot del Milenio.”

“14 de febrero de 2000: Me liberaron, concluyendo que no había evidencia que me involucrara con ese complot.”

Pero 18 días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, las autoridades de Mauritania, a petición de Washington, lo arrestaron. Mientras estaba detenido, policías allanaron su casa y se incautaron de grabaciones y documentos. El 15 de octubre de 2001 fue puesto nuevamente en libertad, sin cargos en su contra.

Tras esos dos arrestos, durante los cuales fue interrogado por agentes del FBI, Slahi logró llevar una vida relativamente normal, trabajando en el área de compu­tación y electrónica, primero para una compañía de suministros médicos y luego en una empresa del sector de importación.

Un día, al regresar a su casa la policía lo esperaba. Tuvo tiempo para bañarse, recogió sus llaves y viajó en su propio automóvil a la comisaría cercana, diciéndole a su madre que no se preocupara. “Nos vemos en un rato”, le dijo.

Pero el 28 de noviembre de 2001, una semana después de presentarse en la comisaría de motu proprio, Slahi era subido a un vuelo de “rendición extraordinaria” de la CIA con destino a una prisión en Amán, donde pasaría ocho meses; de allí fue llevado a la base militar de Bagram y dos semanas después, el 4 de agosto de 2002, a Guantánamo, en Cuba.

“Después de no sé cuántas horas el avión aterrizó en Cuba. Los guardias comenzaron a bajarnos del avión. ¡Caminen! ¡Paren! ¡Caminen! No podía caminar porque mis pies ya no podían llevarme. Me di cuenta de que en el proceso de traslado había perdido un zapato. Luego de una requisa fuera del avión los guardias gritaron: ¡Caminen! ¡No hablen! ¡Cabeza abajo! Dentro del camión, los guardias nos gritaban para que no habláramos.”

“Las cadenas en mis tobillos me estaban haciendo sangrar. Sólo podía escuchar las quejas y llantos de otros detenidos. Las golpes estaban a la orden del día. Un guardia se la pasaba golpeándome la cabeza, apretándome el cuello. Luego de una hora llegamos a la ‘tierra prometida’. El viaje había sido una verdadera tortura. Ahora sólo me preocupaba cómo me iba a parar si me lo pedían. Estaba paralizado”, narra Slahi al comienzo de su diario.

Tras haber esperado más de seis horas arrodillado bajo el sol, Slahi fue ingresado en la prisión, donde fue sometido a un control y chequeo médico que duró varias horas, antes de recibir el uniforme anaranjado. “Bienvenido al infierno”, le dijo uno de los guardias.

De allí fue trasladado a su minúscula celda, donde podía escuchar los lamentos de otros detenidos. Slahi creía en ese momento que lo peor había pasado y que después de algunos días sería devuelto a su país, tras comprobarse su inocencia. Pero estaba equivocado.

“Con cada día que pasaba el optimismo iba perdiendo terreno. Los métodos de interrogación empeoraron considerablemente en la medida en que pasaba el tiempo y los responsables de los interrogatorios rompían todos los principios de justicia que existen en Estados Unidos”, cuenta el mauritano en su libro.

Pese a su progresivo deterioro físico, pérdida de peso y a que fue llevado al hospital de la prisión varias veces, los interrogatorios no cesaron.

“El 4 de septiembre de 2002 fui transferido nuevamente y los guardias pusieron fin a mi aislamiento, llevándome con el resto de los detenidos… al principio no estuvo tan mal, pero las cosas comenzaron a ponerse feas cuando algunos interrogadores dieron inicio a la tortura de algunos detenidos; en principio eran ‘leves’. Lo primero que hacían era dejar a los prisioneros en habitaciones heladas, toda la noche”, agrega.

Hacia mediados de septiembre de 2002, el mauritano fue llevado a un cubículo para ser interrogado, y lo primero que preguntó fue:

“–¿Cuánto tiempo me van a interrogar?

“–Hasta que el gobierno siga teniendo preguntas que hacerte.

“–¿Y cuánto tiempo es eso?

“–No pasarás aquí más de cinco años.”

Las páginas de Diario de Guantánamo comienzan a partir de allí a llenarse de frases censuradas, tachones negros cada vez más frecuentes.

“Había muchas cuestiones, como la desesperación de detenidos. Interrogatorios sin fin. Falta de respeto al Corán por algunos guardias. Torturas a detenidos haciéndolos dormir en habitaciones heladas. Así que decidimos realizar una huelga de hambre; muchos detenidos participamos, incluido yo”.

“Las peores torturas”

Hacia febrero de 2003 y sin haberle podido extraer información que lo relacionara con algún complot terrorista, los interrogadores cambiaron de táctica. “De hay en adelante comenzaron las peores torturas”, cuenta Slahi.

A mediados de 2003 fue trasladado a un bloque de aislamiento, donde comenzó un infierno aún más terrible.

“Estoy a merced de los guardias y no tienen merced alguna conmigo. En este bloque la receta ha comenzado. Me privaron de mis objetos de confort, a excepción de una esterilla fina de paja y una manta muy delgada. Me quitaron libros, mi Corán, mi jabón, mi dentífrico y hasta el papel higiénico. La temperatura de la celda era casi de cero grados, por lo que estaba siempre con frío, helado. No podía ver la luz del día. Durante los siguientes 70 días no supe lo que era dormir: interrogatorios las 24 horas, en turnos de tres y hasta cuatro veces diarios”, explica.

“Si empiezas a cooperar podrás dormir y comer algo caliente”, le decían los guardias. Pero eso nunca ocurría.

Las sesiones de tortura que había autorizado el propio Donald Rumsfeld (entonces secretario estadunidense de Defensa) incluían aislamiento extremo, humillaciones físicas, psicológicas y sexuales, amenazas de muerte, amenazas a su familia y un secuestro y rendición extraordinaria simulada. Los abusos iban desde la privación de sueño hasta obligarlo a arrodillarse y permanecer en posiciones dolorosamente incómodas con sus cadenas y esposas puestas.

“Nunca me sentí tan violado como cuando un nuevo equipo de guardias comenzaba a torturarme para obligarme a que admitiera cosas que no había hecho. Usted, querido lector, nunca podría entender la amplitud del dolor físico y psicológico que la gente en mi posición sufre, sin importar cuánto trataba de ponerme en los pies de otro”, cuenta.

“Te vamos a hacer esto todos los días, a menos que hables y admitas tus crímenes”, le repetían.

Slahi cuenta que decidía mantenerse en silencio cuando lo torturaban y hablar cuando lo dejaban de atormentar.

El 25 de agosto de 2003, a las 16:00 horas, el mauritano fue trasladado –encapuchado– a otro sitio secreto, al cual llegó en algún tipo de embarcación de alta velocidad, como él mismo describe en el libro. Dentro de ese barco fue obligado a beber agua de mar, hasta vomitar y perder la conciencia. Ese viaje duró tres horas, y durante ese tiempo fue golpeado y amenazado por guardias e interrogadores para que hablara “y dijera toda la verdad”.

“¿Qué diferencia había dónde me llevaban? Me importaba menos el lugar y más la gente que me detenía. Ya no importaba dónde me transfirieran, seguiría siendo un detenido de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, y con respecto a ser transferido a otro país, no me importaba porque ya había pasado ocho meses espantosos en Jordania”, cuenta el mauritano en su libro.

En ese viaje en bote –un simulacro de otra rendición extraordinaria– Slahi fue torturado repetidas veces: le ponían una bolsa de plástico en la cabeza para impedirle respirar, mientras los interrogadores trataban de hacerlo “confesar” sus conexiones con Al-Qaeda sobre el Complot del Milenio, los atentados del 11 de septiembre y sobre Osaba Bin Laden, entre otros temas.

Después de ocho horas de ese infernal viaje en barco y en un camión, exhausto por las golpes y abusos, fue llevado a su celda en Guantánamo.

Un médico de la prisión lo revisó y lo obligó a tomar algunas tabletas.

“Traté de dormir pero no podía engañarme: mi cuerpo conspiraba contra mí. Pasó bastante tiempo hasta que los medicamentos comenzaron a hacer efecto, luego me dormí y sólo desperté cuando uno de los guardias me pateó violentamente la cabeza.”

–¡Levántate, pedazo de mierda! –le dijo uno de los guardias.

Un doctor con una máscara para no ser reconocido apareció de repente en la celda y le dio varios medicamentos. Luego salió del sitio diciendo: “Listo este hijo de puta”.

La experiencia de interrogatorios constantes, golpes, amenazas y abusos continuó ininterrumpidamente hasta que en septiembre de 2003 Slahi aceptó firmar una “confesión” escrita por uno de los interrogadores:

“Vine a Canadá con el plan de detonar la Torre CN en Toronto. Mis cómplices eran … y … Fui a Rusia a conseguir los explosivos… X escribió un programa de computadora para simulación de explosiones que recogí, testé yo mismo y entregué a X… Este último tenía que enviar el plan a X… en Londres para obtener la fatwa (autorización) final del jeque… X debía comprar mucha azúcar para mezclar con los explosivos, con el fin de aumentar el daño… X proveyó de las finanzas. Gracias a Canadian Intel, el plan fue descubierto y sentenciado a fallar. Admito que soy tan culpable como el resto de los participantes y lo siento mucho y estoy avergonzado por lo que hice”. Firma: M. O. Slahi.

El mauritano leyó el texto y le dijo a su guardia: “Si estás listo para comprar esto, yo te lo vendo”.

Dos días más tarde varios guardias aparecieron en su celda, lo encadenaron y lo sacaron del bloque de celdas. Fue la primera vez que veía la luz del día en meses. “Esto es por haber colaborado con nosotros”, le dijo uno de los guardias. Pero los interrogatorios continuarían.

La Junta de Revisión de la prisión declaró recientemente que Slahi ya no representa una “amenaza significativa permanente para la seguridad de Estados Unidos”. La revisión de su caso tuvo lugar la primera semana de julio; sin embargo, la decisión fue anunciada el pasado 20 del mismo mes. Slahi permanece en la misma celda de Guantánamo donde escribió su diario.

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El prisionero de Guantánamo

Mohamedou Ould Slahi

Mohamedou Ould Slahi fue apresado en 2001 y permanece encarcelado en la base militar de Guantánamo.

Si lo que podemos leer en el libro de Mohamedou Ould Slahi es tan cruel e irracional, cómo será lo que se nos mantiene prohibido

A diferencia del paraíso, el infierno en la tierra es factible. Los seres humanos han creado con inventiva y eficacia un gran número de ellos. A partir del 11 de septiembre de 2001, el Gobierno de Estados Unidos, con el pleno apoyo del Congreso y de la inmensa mayoría de la población, fundó y alentó infiernos secretos en algunos de los países más siniestros del mundo, aliados de su fantasmal War on Terror, término que en sí mismo ya sugiere teología y apocalipsis más que lucha policial efectiva contra organizaciones delictivas. Las trampas y los circunloquios verbales son una parte necesaria de cualquier política inconfesable. Había al parecer una guerra, pero los sospechosos de terrorismo islámico no eran prisioneros de guerra, porque eso les habría otorgado ciertos derechos, según las leyes internacionales: eran enemycombatants, lo cual autorizaba a mantenerlos detenidos sin límite temporal ni garantías. Y como eran combatientes enemigos, no prisioneros ni delincuentes —a un delincuente se le juzga y se le condena, si es hallado culpable, en un proceso público—, podían ser entregados a las policías secretas de países que por ser menos civilizados practicaban sin reparo la tortura, en infiernos clandestinos bautizados como black sites. En el lenguaje infame de la época, la entrega de los prisioneros a esos países colaboradores se llamaba extraordinary rendition, que suena más aséptico, y lo que se les hacía no era en realidad torturarlos: tan solo se les sometía a enhanced interrogation techniques,“técnicas reforzadas de interrogatorio”, término que todavía suena mejor si, siguiendo la propensión administrativa a las iniciales, se le llama “E. I. T.”.

 De todos los infiernos, el más populoso es el de la base de Guantánamo, en Cuba. Vislumbramos de lejos en los noticiarios a los fantasmas o muertos en vida que lo habitan: los uniformes naranja, las esposas, las celdas de aluminio y alambre espinoso.

Uno de ellos tiene ahora una cara, y un nombre. Se llama Mohamedou Ould Slahi. En la foto suya que distribuye la Cruz Roja es un africano delgado y sonriente. Pero no sabemos cuánto tiempo ha pasado desde que se tomó esa foto, ni tampoco si la sonrisa puede durar todavía en la cara de un hombre que fue detenido en el otoño de 2001 y que lleva cinco años esperando que se cumpla la orden del juez federal americano que decretó en 2009 su libertad inmediata. Fue también un juez el que forzó a las autoridades militares de Guantánamo, después de una batalla legal de seis años, a permitir que se pudiera sacar de la prisión el testimonio escrito en el verano de 2005 por Ould Slahi en su celda de aislamiento. El libro, Guantánamo Diary, salió hace unas semanas y es una narración arrebatadora y un escándalo, a pesar de que casi la mitad de sus páginas están compuestas por líneas tachadas. El Gobierno no tuvo más remedio que acceder a la publicación, pero las agencias de seguridad impusieron la censura. Las barras de tinta negra de los nombres y los detalles borrados, las páginas enteras que son una sucesión entrecortada de tachones negros, acentúan la vergüenza en vez de disimularla. Si lo que podemos leer es tan cruel e irracional e inaudito, cómo será lo que se nos mantiene prohibido. Queriendo atajar el testimonio, los responsables del abuso ahondan su oscuridad y certifican su propia vileza, la organizada vileza administrativa de los proveedores de infiernos.

Como terrorista, Mohamedou Ould Slahi es altamente improbable —en 14 años de interrogatorios y de investigaciones no se le ha acusado de ningún delito—, pero es más singular todavía como testigo. En 2001 tenía 30 años. Nació en Mauritania, en una familia religiosa y modesta. Era inquieto y muy listo, y consiguió estudiar ingeniería electrónica. Durante años estudió y trabajó en Alemania. Muy joven, en una época de fervor militante, había pasado un verano de entrenamiento guerrillero en Afganistán, justo en la época en la que las milicias islamistas disfrutaban de la protección y el soporte económico de Estados Unidos. Cuando volvió de Afganistán, Slahi se alejó del activismo político. A finales de los noventa emigró a Canadá, buscando una atmósfera más propicia para los emigrantes que la de Alemania. En octubre de 2001 voló de regreso a su país. Al poco de llegar recibió una visita de la policía. Querían que los acompañara a la comisaría para unas consultas de rutina. Le dijeron que llevara su propio coche, y así podía volver más rápido a casa, probablemente esa tarde, cuando terminara todo.

Todavía no ha vuelto. Lo esposaron y le encadenaron los pies, le vendaron los ojos, le pusieron unos tapones en los oídos, le taparon la cabeza con una capucha. Los policías mauritanos le dijeron que unos emisarios de Estados Unidos se interesaban por él. Le habían quitado la ropa y antes de ponerle un pijama naranja le ajustaron un gran pañal a la cintura. Hay una humillación particular para un adulto en tener que hacerse encima las necesidades. Lo llevaron a rastras a un avión y lo esposaron y encadenaron en un asiento. Pronto perdió el sentido de la realidad, el del paso del tiempo. Cuando el avión aterrizó,logró enterarse de que lo habían llevado a Jordania.

Lo interrogaron y lo torturaron durante ocho meses en una prisión de Ammán. Después lo hicieron subir a otro avión encadenado y esposado y con el pañal en la cintura y la venda y la capucha en los ojos y los tapones en los oídos y lo llevaron a la base militar de Bagram, en Afganistán. En ningún momento supo de qué lo acusaban. Al poco tiempo, después de otro viaje en avión, fue arrastrado por la escalerilla hacia la pista y notó el aire caliente y húmedo de la bahía de Guantánamo.

Le introducían cubitos de hielo bajo el uniforme y se lo apretaban con correas. Lo dejaban sin comer ni beber agua durante muchos días y luego lo forzaban a comer hasta que vomitaba, y le hacían beber tanta agua que sentía que el vientre le iba a reventar. Durante 70 días seguidos no le permitieron dormir. Lo dejaban derrumbarse en una silla y derribaban la silla de una patada para que cayera contra el suelo. Se presentaban ante él con las caras tapadas por máscaras de Halloween. Torturaban a otros presos en las celdas contiguas para que él oyera los golpes y los gritos. Lo forzaban a mantenerse en pie una noche entera escuchando canciones de heavy metal a todo volumen. Lo obligaban a limpiar el retrete con su propio uniforme y a ponérselo luego. Le volcaban un cubo de agua sobre la cabeza y bajaban al máximo la temperatura del aire acondicionado hasta que lo veían sacudirse con tiritones convulsos.

Mientras tanto, Mohamedou aprendía inglés, prestando atención al habla de sus verdugos, incluso fijándose en las letras de las canciones que retumbaban en la celda. Le gustaba tanto leer que una vez que le dieron una almohada leyó con delectación una y otra vez las palabras de la etiqueta. Guantánamo Diary es un testimonio feroz escrito en un inglés insuficiente y jugoso, lleno de esas expresiones y giros que a los estudiantes aplicados les gusta tanto usar: es la voz desconcertante de un hombre que en medio del infierno no pierde la capacidad de observación y de ironía, la médula de su humanidad.

Antonio Muñoz Molina

Fuente: El País

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Mohamedou Ould Slahi quedará libre

Mohamedou Ould Slahi

La Junta de Revisión Periódica establecida por el gobierno de Barack Obama aprueba su excarcelación.

Slahi podrá escribir pronto la palabra “fin” en el capítulo más oscuro de su vida. La Junta de Revisión Periódica, establecida por la administración de Barack Obama, ha dado el pasado 20 de julio el visto bueno a la puesta en libertad de Slahi, que lleva 14 años encerrado en la cárcel en la base militar de Guantánamo sin que jamás se le acusara de delito alguno. Pese a que buena parte del relato está censurado, el diario de su cautiverio, Diario de Guantánamo que Slahi logró publicar en 2015 tras años de batallas legales, constituye un espeluznante recuento de los aberrantes abusos que sufrió durante su estancia en la cárcel en territorio cubano.

 Slahi nació en Mauritania en 1970 y ganó una beca para estudiar en Alemania. A comienzos de los años 90, se entrenó en un campo de Al Qaeda, en la época en que esta organización combatía al Gobierno comunista de Afganistán y era apoyada, como subrayaron sus abogados, por Estados Unidos. Slahi, que estudió ingeniería electrónica, trabajó varios años en Alemania y Canadá, antes de regresar a su país en 2000. Un año más tarde, después del 11-S, fue detenido a petición de Estados Unidos, lo que supuso el inicio de su infierno particular que lo llevó a una prisión en Jordania, luego a la afgana de Bagram y, finalmente, a Guantánamo, donde permanece prisionero desde 2002. El motivo de su detención eran sus posibles lazos terroristas, pero las autoridades estadounidenses nunca llegaron a presentar cargos contra él. Aun así, fue uno de los dos seleccionados para el programa de “Proyectos Especiales” aprobado personalmente por el secretario de Defensa de George W. Bush, Donald Rumsfeld. El propio Slahi explica en su libro en qué consistía ese trato “especial”: privación de sueño y alimentación; obligación de escuchar toda la noche, de pie, canciones de heavy metal a todo volumen, le volcaban un cubo de agua sobre la cabeza y luego bajaban la temperatura de su celda al máximo…

En 2010, un juez federal validó su petición de hábeas corpus y decretó su liberación, pero el Gobierno recurrió y paralizó la decisión. Hasta ahora. Una junta revisó su solicitud de libertad provisional el 2 de junio. La decisión llegó el 20 de julio. En el escrito, los responsables tuvieron en cuenta el “comportamiento altamente obediente” de Slahi durante su detención, así como “claros indicios de un cambio de actitud” en el preso.

Pero todavía falta la fecha para la salida definitiva, Slahi se encuentra entre los 61 presos que quedan en Guantánamo. “Sigue habiendo decenas de hombres atrapados en la miseria que constituye la detención indefinida en Guantánamo”, recordó ACLU. “El tiempo se le está acabando al presidente Barack Obama para cumplir su promesa de cerrar Guantánamo y evitar que esta injusticia manche su legado, advirtió la organización.

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Diario de Guantánamo: cómo evitar la censura del Pentágono

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Un prisionero en Guantánamo, Cuba. | REUTERS

  • La abogada de un detenido de la base naval en Cuba consigue que se publique su historia tras siete años de litigios con el departamento de Defensa
  • En el relato Mohamedou Ould Slahi explica cómo le acusaron de ser terrorista sin evidencia
  • “Era tan asqueroso que vomité. Ponían cualquier objeto en mi boca y me gritaban que tenía que tragármelo, pero decidí no beber el agua salada que podía dañar mis órganos”

Le habían torturado una y otra vez. Le habían pegado, le habían sometido a temperaturas extremas. Incluso, en una ocasión pensaba que le iban a ejecutar. Mohamedou Ould Slahi, de 44 años, llevaba tres años en Guantánamo cuando le dio a su abogada Nancy Hollander un cuaderno donde explicaba lo que le había pasado. Era 2005 la primera vez que Washington por fin autorizaba a los detenidos de Guantánamo ver a un abogado. Mohamedou Ould Slahi llevaba desde agosto de 2002. Los primeros llegaron en enero de ese año.

Cuando su abogada Nancy Hollander leyó las 90 páginas que había escrito de su historia, le animó a que redactase más. Llegó a 466. Una vez terminada, sólo quedaba lo que en otras circunstancias hubiese sido la parte sencilla: editarlo y publicarlo. Pero, primero había que sacarlo de la base naval estadounidense en Cuba.

En ese caso, el material de un detenido en Guantánamo, se considera material clasificado y se guarda en un lugar secreto cerca de Washington. Tras siete años de litigios, en 2012 su abogada consiguió que llegase a sus manos. Había partes censuradas. Páginas enteras en negro. En su mayoría, nombres de los torturadores, lugares, fechas.

“Era tan asqueroso que vomité. Ponían cualquier objeto en mi boca y me gritaban que tenía que tragármelo, pero decidí no beber el agua salada que podía dañar mis órganos, lo que me hizo atragantarme. Pero ellos me la seguían poniendo en la boca: “Traga, idiota”. Lo pensé un poco rápidamente y finalmente pensé que era mejor beber el agua salada y asquerosa que morir”, se puede leer en uno de los fragmentos que no han sido censurados.

Entonces, se puso en contacto con Larry Siems, que durante años había sido director del Programa de Libertad para Escribir de la institución PEN de escritores. Al haber combinado, activismo y literatura durante años, era la persona perfecta. Le pidió que editase el libro, que en España publica Agora con el título “Diario de Guantánamo“.

Siems explica a EL MUNDO que “fue un proceso interesante. Para mí, fue cosa de leerlo una y otra vez hasta entender su manera de contar la historia y su voz. Al principio, hay que entender las partes que están censuradas. Hay cosas que se podían comparar porque a pesar de estar tachadas en este manuscrito en otros documentos, que han salido a la luz, se pueden ver”, recuerda de cómo empezó a sortear a los censores del Pentágono.

“Su voz es muy clara. Es un gran contador de historias. Lo raro fue que no me podía comunicar con él. Lo hice de la manera en la que un buen editor lo hubiese hecho. Me hubiese gustado enseñarle lo que había editado. Pero, no pude”, relata de su manera habitual de trabajar con los escritores . No en esta ocasión. Los detenidos de Guantánamo sólo pueden ver a sus representantes legales. A nadie más. Todavía así, Siems pidió permiso al Pentágono para encontrarse con su escritor. Pero, le negaron la visita.

Pero, ¿por qué la censura?

No hay cargos contra Mohamedou Ould Slahi. Tampoco evidencias de que haya cometido ningún crimen. Una vez que el juez ordenó su liberación. La administración Obama apeló esa decisión del juez.

A Mohamedou Ould Slahi, le fueron a buscar a su casa de Mauritania a finales de 2001. Cuestionado por agentes de su país y el FBI, sospechaban que había participado en el ‘Millennium Plot’, los ataques terroristas que fueron interceptados contra Jordania, el aeropuerto de Los Ángeles y el buque de guerra USS The Sullivans.

La CIA le llevó a Jordania donde estuvo en un “agujero negro” durante ocho meses. Después a Afganistán. Allí, estuvo dos semanas. Luego, fue trasladado a Guantánamo, donde sigue a pesar de haber una orden judicial de que debe ser puesto en libertad.

Siems plantea que “la pregunta que tenemos que hacernos es qué relación hay entre la censura y esta historia. Desde el principio se ha censurado.

¿Por qué hicieron un lugar secreto dentro de Guantánamo? Se utilizó la censura para cubrir los casos de tortura. Probablemente, para proteger las carreras de las personas que llevaron a cabo todas estas cosas”, apunta Siems, para el que lo peor de todo es que ha habido una reticencia institucional a creer que se ha cometido un terrible error.

Pero, ¿por qué?

Fuente: El Mundo

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Palizas, abusos sexuales y otros detalles del diario de un prisionero de Guantánamo

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Mohamedou Ould Slahi narra el lado más oscuro de la prisión estadounidense en Cuba.

Las memorias cuentan episodios ocurridos a mediados de 2003, un año después de que Slahi llegara a la prisión por su supuestos vínculos con Al Qaeda.

El diario de 460 páginas, que estaba listo para ser publicado desde 2005, fue catalogado como información clasificada por la administración militar de Estados Unidos. Pero los abogados del prisionero por fin ganaron la batalla legal, basados en una ley de libertad de información, y el escrito salió a la luz.

El portal Spiegel dio a conocer algunos fragmentos del diario.

Días sin dormir

“Fui privado de mis libros, de mi Corán, de mi sopa, de mi crema dental, del papel higiénico. No tenía permitido ver la luz del día; de vez en cuando me dejaban interactuar por las noches con otros detenidos. Literalmente estaba viviendo en el terror”.

“Por los próximos 70 días, no conocería la dulzura de dormir: interrogatorios 24 horas al día, 3 y a veces 4 turnos diarios. Rara vez tenía un día libre. No recuerdo haber dormido tranquilamente alguna noche. Si cooperas, tendrás algo de sueño y alimentos calientes”.

Tríos sexuales como interrogatorios

“Entonces hoy, ‘te vamos a enseñar el buen sexo americano, levántate’, dijo (nombre no revelado). Las 2 se quitaron las blusas y empezaron a hablar cosas obscenas. Lo que más me lastimó fue que me forzaran a participar en un trío sexual en la manera más degradante…. Lo que muchos no saben es que los hombres se lastiman igual que las mujeres si son obligados a tener sexo… “

El prisionero narra que las 2 interrogadoras se aferraron a él por delante y por detrás. “Al mismo tiempo, me hablaban cosas sucias y jugaban con mis partes íntimas… ‘Deja la maldita oración. ¿Estás teniendo sexo con americanas y estás rezando? Qué hipócrita eres'”.

Amenazas de alimentación rectal

Cuando Slahi comenzó una huelga de hambre, alguien en Guantánamo le dijo “Tú no te vas a morir, te vamos a alimentar por el trasero”.

Palizas

Durante los interragotarios, el prisionero cuenta que lo golpeaban sin piedad y al punto que terminaba en el suelo sin poder pararse por sí mismo.

El maltrato físico y psicológio lo llevó a tener alucinaciones. “Escuchaba voces claras de mi familia y música de mi país. Estaba en la orilla de perder mi cabeza.

“Mohamedou Ould Slahi describe un tour mundial de tortura y humillaciones”, describe el diario británico The Guardian, teniendo en cuenta que el hombre estuvo recluido en varias cárceles de Estados Unidos.

En los interrogatorios, que podían incluir a amenazas de muerte contra su mamá, el prisionero no tuvo más opción que inventar falsos testimonios con tal de que cesaran las torturas y humillaciones.

A pesar de que ya tiene una orden de libertad,  Slahi permanece en Guantánamo por una apelación pendiente de resolver.

Fuente: Pulzo

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