Diario de Guantánamo: Senegal-Mauritania

Mohammedou_Ould_SalahiExtracto del segundo capítulo de Diario de Guantánamo, de Mohamedou Ould Slahi, editado por Larry Siems y traducido por Lorena Serrano López, que acaba de publicar en España la editorial Capitán Swing y Ágora Editorial.

21 de enero de 2000 – 19 de febrero de 2000

Un cuento tradicional de Mauritania nos habla de alguien que tenía fobia a los gallos y se volvía loco cada vez que se encontraba con uno.

—¿Por qué le dan tanto miedo los gallos? –le preguntó el psiquiatra.

—El gallo piensa que soy maíz.

—No eres maíz. Eres un hombre muy grande. Nadie podría confundirte con un pequeño grano de maíz –dijo el psiquiatra.

—Eso lo sé, doctor. Pero el gallo no. Su trabajo consiste en ir y convencerle de que no soy maíz.

El hombre nunca se curó, puesto que hablar con un gallo es imposible. Fin de la historia.

He estado tratando de convencer al Gobierno de Estados Unidos de que no soy maíz.

Todo empezó en enero de 2000, cuando iba de regreso a Mauritania después de haber vivido doce años en el extranjero. A las 8 de la tarde del día ///////////////////, mis amigos ///////////////////////////////////// me dejaron en el Aeropuerto Dorval, en Montreal. Tomé el vuelo nocturno de Sabena Airlines hacia Bruselas y mi viaje continuaría hacia Dakar al mediodía siguiente.(1)

Llegué a Bruselas por la mañana, adormilado y agotado. Después de recoger mi equipaje, me derrumbé en uno de los bancos de la zona internacional, con mi bolsa como almohada. Una cosa era segura: estaba tan cansado que cualquiera podría haber robado mi maleta. Dormí una o dos horas y, cuando me desperté, busqué un baño donde poder lavarme las manos y un lugar para rezar.

El aeropuerto era pequeño, pulcro y limpio, con restaurantes, tiendas duty-free, cabinas telefónicas, ordenadores con acceso a internet, una mezquita, una iglesia, una sinagoga y una oficina de apoyo psicológico para los ateos. Le di un repaso a todas las casas de Dios y fue impresionante. Pensé: este país podría ser un lugar donde me gustaría vivir. ¿Por qué no voy y pido asilo? No tendría problema; hablo el idioma y tengo formación suficiente para conseguir un trabajo en el centro de Europa. De hecho, he estado en Bruselas y me gustó la vida multicultural y lo polifacética que es la ciudad.

Dejé Canadá fundamentalmente porque los Estados Unidos me habían echado encima a sus servicios de seguridad; pero no me arrestaron, tan solo empezaron a vigilarme. Es mejor que te vigilen a que te metan entre rejas, ahora me doy cuenta. Finalmente, se hubieran dado cuenta de que no soy un criminal. “Nunca aprendo”, como siempre decía mi madre. Nunca imaginé que Estados Unidos estuviera tratando maliciosamente de meterme en un lugar donde la ley no cuenta.

La frontera estaba a unos palmos de distancia. Si hubiera cruzado esa frontera, nunca habría escrito este libro.

En lugar de eso, en la pequeña mezquita llevé a cabo el ritual de lavarme y rezar. Estaba muy tranquila, envuelta en paz. Estaba tan cansado que me tumbé allí dentro y leí el Corán un tiempo hasta que me quedé dormido.

Me despertaron los movimientos de otro chico que entró a rezar. Daba la impresión de que conocía el lugar y había transitado por el aeropuerto muchas veces.

Nos saludamos después de que terminara de rezar.

—¿Qué haces aquí? –me preguntó.

—Estoy en tránsito. Vengo de Canadá y me dirijo a Dakar.

—¿De dónde eres?

—De Mauritania. ¿Y tú?

—Soy de Senegal. Comercio entre mi país y los Emiratos. Estoy esperando el mismo vuelo que tú.

—¡Bien! –dije.

—Vamos a descansar. Soy miembro del Club… –propuso, no me acuerdo del nombre. Fuimos al club y fue increíble: TV, café, té, galletas, un confortable sofá, periódicos. Me sentía abrumado, estuve la mayor parte del tiempo durmiendo en el sofá. En cierto momento, mi nuevo /////////////// amigo quería comer y me despertó para acompañarle. Estaba preocupado por si no podía volver a entrar al no tener carné del club. Me habían dejado entrar solo porque mi amigo ////////////// mostró su carné de socio. Sin embargo, mi estómago rugía y decidí salir y comer algo. Me dirigí al mostrador de Sabena Airlines, pedí un ticket de comida y encontré un restaurante. La mayoría de la comida contenía carne de cerdo, así que me decidí por un plato vegetariano.

Regresé al club y esperé hasta que nos llamaron a mi amigo y a mí para el vuelo Sabena n.º 502 a Dakar. Me decidí por Dakar porque era bastante más barato que volar directamente a Nuakchot, en Mauritania. Dakar está solo a unos 482 kilómetros desde Nuakchot y me había organizado con mi familia para que me recogieran allí. Hasta ahí todo bien; la gente hace esto habitualmente.

En el vuelo me sentí lleno de energía porque había tenido un descanso reparador en el aeropuerto de Bruselas. A mi lado iba una joven francesa que vivía en Dakar, pero que estaba estudiando Medicina en Bruselas. Iba pensando que a mis hermanos no les daría tiempo a llegar al aeropuerto a la hora, de modo que tendría que pasar un tiempo en un hotel. La chica francesa amablemente me ilustró sobre los precios en Dakar y cómo la gente de Senegal intenta cobrar de más a los extranjeros, especialmente los taxistas.

El vuelo tardó unas cinco horas. Llegamos sobre las 11 de la noche y todo el formalismo duró una media hora. Cuando retiré mi maleta de la recogida de equipaje, me di de bruces con mi amigo //////////////// y nos despedimos.(2)

En cuanto me giré mientras arrastraba mi maleta, vi a mi hermano ////////////////////sonriendo; era evidente que me había visto antes que yo a él. /////////////////// iba acompañado por mi otro hermano /////////////////// y dos amigos suyos que no conocía.

Agarró mi bolsa y nos fuimos hacia el aparcamiento. Me agradó la cálida temperatura nocturna que me invadió tan pronto como traspasé la puerta. Íbamos hablando, preguntándonos unos a otros con excitación cómo iban las cosas. Cuando cruzamos la calle, honestamente no puedo describir lo que me sucedió. Lo único que sé es que en menos de un segundo tenía las manos esposadas detrás de mi espalda y me acorralaban un puñado de fantasmas que me apartaron del resto de mis acompañantes. En un primer momento pensé que era un robo, pero como se demostró más adelante, se trataba de un robo de otra clase.

“Te arrestamos en nombre de la ley”, dijo el agente especial mientras bloqueaba las cadenas alrededor de mis manos.

“¡Me arrestan!”, grité a mis hermanos, a los que no pude ver más. Me imagino que tuvo que ser doloroso para ellos perderme de vista así, de repente. No sabía si me oían o no, pero, efectivamente, parece que me habían oído porque mi hermano ////////////////// todavía se burla de mí diciéndome que fui un cobarde porque pedí ayuda. Puede que no sea valiente, pero eso es lo que ocurrió. Y lo que no sabía es que mis dos hermanos y sus dos amigos fueron arrestados al mismo tiempo. Sí, sus dos amigos; uno que vino con mis hermanos desde Nuakchot y el otro, su hermano, que vive en Dakar y había venido conduciendo con ellos al aeropuerto, justo a tiempo para ser arrestado por pertenecer a una “banda”: ¡Qué suerte la suya!

La verdad es que no estaba preparado para esta injusticia. Si hubiera sabido que los investigadores norteamericanos actuaban así, no habría dejado Canadá, o incluso Bélgica cuando estaba en tránsito. ¿Por qué Estados Unidos no me arrestó en Alemania? Alemania es uno de los más estrechos aliados de Estados Unidos. ¿Por qué no me arrestaron en Canadá? Canadá y Estados Unidos son países muy próximos. Los interrogadores e investigadores americanos afirmaban que huí de Canadá por miedo a ser arrestado, pero eso no tiene ningún sentido. En primer lugar, me marché usando mi pasaporte, con mi nombre real, después de pasar todos los trámites, incluyendo todo tipo de registros. En segundo lugar, ¿es mejor ser arrestado en Canadá o en Mauritania? ¡Por supuesto, en Canadá! ¿O por qué Estados Unidos no me arrestó en Bélgica, donde estuve casi doce horas?

Entiendo la rabia y la frustración de Estados Unidos por los ataques terroristas. Sin embargo, asaltar a individuos inocentes y hacerlos sufrir, en busca de confesiones falsas, no ayuda a nadie. Al contrario, lo hace más difícil. En todo caso, les diría a los agentes norteamericanos: “¡Tranquilos, hombre! ¡Pensad antes de actuar! ¡Valorad al menos la posibilidad, por pequeña que sea, de que estéis equivocados antes de herir irreversiblemente a alguien!”. Pero cuando sucede algo trágico, las personas se vuelven locas y pierden el control. Me han interrogado cerca de cien interrogadores a lo largo de los últimos seis años y todos ellos tienen algo en común: confusión. Tal vez sea lo que quiere el Gobierno, ¿quién sabe?

Sea como sea, la policía local del aeropuerto intervino al ver el jaleo –las Fuerzas Especiales iban vestidas de paisano, así que no había forma de diferenciarlas de un grupo de bandidos que intentara robar a alguien–, pero el tipo detrás de mí mostró una insignia mágica, que hizo a los policías retirarse inmediatamente. Los cinco fuimos metidos en un vagón de ganado y enseguida se nos unió otro amigo, el chico que había conocido en Bruselas, simplemente porque nos despedimos en la cinta de recogida de equipaje.

Los guardias se subieron con nosotros. El líder del grupo se sentó delante, en el asiento del copiloto, pero podía vernos y escucharnos porque había desaparecido el cristal que normalmente separa al conductor del ganado. El camión despegó como en una persecución de Hollywood. “Nos vas a matar”, debió de decir uno de los guardias, porque el conductor redujo un poco la velocidad. El chico de Dakar que fue al aeropuerto con mis hermanos estaba fuera de sí. Cada cierto tiempo espetaba algunas palabras indescriptibles que expresaban su preocupación y desasosiego. Al parecer, el chico pensó que yo era un traficante de droga y ¡se sintió aliviado cuando la sospecha se dirigió hacia el terrorismo! Dado que yo era el protagonista de la escena, me sentí mal por causarle tantos problemas a tanta gente. Mi único consuelo era que no había sido mi intención, aunque, en realidad, en aquel momento, el miedo saturaba el resto de mis emociones.

Cuando me senté en el rústico suelo, me sentí mejor entre la cálida compañía, incluso entre los agentes de las Fuerzas Especiales. Empecé a recitar el Corán.

“¡Cállate!”, dijo el jefe en la parte delantera. No me callé; bajé la voz, pero no lo suficiente para él. “¡Cállate!” –dijo, esta vez amenazándome con su porra–. “¡Estás tratando de hechizarnos!”. Supe que hablaba en serio, así que recé en silencio. No había intentado hechizar a nadie, ni sabía cómo hacerlo, pero los africanos son la gente más ingenua que he conocido.

El trayecto duró entre quince y veinte minutos, así que era poco después de pasada la medianoche cuando llegamos a la comisaría de Policía. Los cerebros de la operación se quedaron detrás del camión y establecieron una conversación con el amigo de Bruselas. No entendía ni una palabra; estaban hablando en una lengua local.(3) Tras una corta discusión, el chico cogió su pesada maleta, se bajó y se fue. Cuando, más tarde, les pregunté a mis hermanos qué le había dicho a la policía, me contestaron que dijo que me había visto en Bruselas y nunca antes, y que no sabía que yo era un terrorista.

Ahora estábamos cinco personas enjauladas en el camión. Estaba muy oscuro fuera aunque se apreciaba a gente yendo y viniendo. Esperamos entre cuarenta minutos y una hora en el camión. Me puse más nervioso y me asusté, especialmente cuando el tipo en el asiento del copiloto dijo: “Odio trabajar con los blancos”. O puede que usara la palabra “moros”, lo que me hizo pensar que esperaban a un equipo mauritano. Empecé a tener náuseas. Tenía el corazón en un puño y me sentía desamparado. Pensé en todas las clases de tortura que había oído y la que podría tocarme aquella noche. Me quedé ciego, como con una espesa nube sobre mis ojos; no podía ver nada. Me quedé sordo; después de aquella frase todo lo que podía oír eran susurros indiferenciados. Perdí la noción de la presencia de mis hermanos conmigo en el mismo camión. Acepté que solo Dios podía ayudarme en mi situación. Dios no falla nunca.

“Baja”, chilló el chico con impaciencia. Me moví como pude y uno de los guardias me ayudó a bajar de un salto el escalón. Nos introdujeron en una pequeña sala llena de mosquitos, justo a tiempo para que diera comienzo su festín. Ni siquiera esperaron a que estuviésemos dormidos; fueron directamente a lo suyo, lanzándose a por nosotros. Lo gracioso sobre los mosquitos es que son tímidos en pequeños grupos y muy voraces en los grandes. En grupos pequeños esperan a que te duermas. No así en grupos grandes, cuando comienzan a molestarte inmediatamente, como diciendo: “¿Qué pasa?”. Y, en efecto, no hay nada que puedas hacer. El retrete estaba indecente, lo que creaba un ambiente ideal para la cría del mosquito.

Yo era la única persona esposada. “¿Te he golpeado?”, preguntó el tipo mientras me quitaba las esposas.

“No, no lo has hecho”. Al mirar me di cuenta de que ya tenía marcas alrededor de las muñecas. Los interrogadores empezaron a sacarnos uno a uno para interrogarnos, comenzando por los forasteros. Fue una noche muy larga, espantosa, oscura y sombría.

Me llegó el turno poco antes de los primeros rayos del día.

Había dos hombres en la habitación de interrogatorio /////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////// , un interrogador masculino y su secretario.(4) La ////////////// jefe de Policía dirigía la comisaría, pero //////// no tomaba parte en el interrogatorio; //////////// parecía tan cansada que ////////// se quedó dormida de aburrimiento varias veces. La //////////////// norteamericana tomaba notas y algunas veces ///////////// le pasaba notas al interrogador. Era un ///////////////// tranquilo, escuálido, inteligente, religioso y reflexivo.

—Tenemos acusaciones muy graves contra usted –dijo, sacando una gruesa pila de papel de un sobre amarillo brillante. Antes de que los hubiera sacado, se diría que los había estado leyendo muchas veces. Y yo ya sabía de lo que estaba hablando porque los canadienses ya me habían interrogado.

—Yo no he hecho nada. Los norteamericanos quieren manchar el islam culpando a los musulmanes de cosas horribles.

—¿Conoces a /////////////////////////////////////?(5).

—No, no lo conozco. Incluso pienso que toda esta historia es una farsa, para dar salida al presupuesto destinado al terrorismo y hacer daño a los musulmanes. –Fui muy honesto con lo que dije. Entonces no sabía ni la mitad de las cosas que ahora sé. Creía demasiado en teorías conspiracionistas, aunque quizá no tanto como el Gobierno de los Estados Unidos.

El interrogador también me preguntó por otras cuantas personas, a la mayoría de las cuales no conocía. La gente que yo conocía no estaba metida en crímenes de ningún tipo, que yo supiera. Finalmente, el senegalés me preguntó por mi postura ante los Estados Unidos y por qué había pasado por su país. No lograba entender por qué mi posición hacia el Gobierno de los Estados Unidos podía importarle a alguien. Yo no soy ciudadano norteamericano, ni he pretendido entrar en los Estados Unidos, ni trabajo con la ONU. Además, siempre podría mentir. Digamos que me encanta Estados Unidos, o que los detesto, realmente no importa mientras no haya cometido crímenes contra él. Le expliqué todo esto al interrogador senegalés con una claridad que no dejó lugar a dudas sobre mis circunstancias.

“¡Se te ve muy cansado! Te propongo que te vayas a dormir un poco. Ya sé que es duro”, dijo. Por supuesto, estaba muy cansado, hambriento y sediento. Los guardias me condujeron de vuelta a la sala en la que mis hermanos y los otros dos chicos estaban tumbados en el suelo, luchando contra las muy eficaces Fuerzas Aéreas senegalesas de mosquitos ///////////////. No tuve más suerte que los demás. ¿Dormimos? En realidad no.

Temprano en la mañana se presentaron el interrogador y su asistente. Liberaron a los dos chicos y nos llevaron a mis hermanos y a mí a la sede del Ministerio del Interior. El interrogador, que resultó ser un alto cargo en el Gobierno senegalés, me llevó a su oficina y realizó una llamada al Ministerio de Asuntos Exteriores.

“El hombre que tengo enfrente no es el líder de una organización terrorista”, dijo. No pude oír lo que dijo el ministro. “En lo que a mí respecta, no tengo ningún interés en mantener a este hombre en la cárcel, ni tengo una razón”, continuó el interrogador. La llamada de teléfono fue corta y directa. Mientras tanto, mis hermanos se iban acomodando, compraron algunas cosas y empezaron a preparar el té. El té es lo que mantiene viva a la gente de Mauritania, con la ayuda de Dios. Mucho tiempo había pasado desde la última vez que habíamos comido o bebido algo, pero la primera cosa en la que pensamos fue en el té.

Me alegré porque no parecía que el tocho de papel que el Gobierno de Estados Unidos le había proporcionado al senegalés sobre mí les hubiera impresionado. A mi interrogador no le llevó mucho tiempo entender la situación. Mis dos hermanos iniciaron con él una conversación en wolof. Les pregunté a mis hermanos sobre qué trataba la conversación y me dijeron que el Gobierno senegalés no estaba interesado en retenerme, pero los Estados Unidos estaban al mando. A nadie le gustó esa noticia porque sospechábamos lo qué pasaría.

“Estamos esperando que se presenten algunas personas de la embajada norteamericana”, dijo el interrogador. Sobre las once en punto apareció una ////////americana de color.(6) //////////// hizo fotos, tomó huellas y el registro de lo que el secretario había escrito aquella mañana. Mis hermanos se sintieron más a gusto con la //////////// negra que con la ///////////// blanca de la noche anterior. La gente se siente más a gusto con lo que está acostumbrada a ver y, puesto que el 50 por ciento de los mauritanos son personas de raza negra, mis hermanos podían relacionarse con ellos mejor. Sin embargo, se trataba de una visión muy inocente: en cualquier caso, negro o blanco, ///////////////// era tan solo un mensajero.

Después de terminar su trabajo, ////////////////////// hizo un par de llamadas, se llevó al interrogador aparte y habló con él brevemente. A continuación, /////////////// se fue. El inspector nos informó de que mis hermanos podían irse y a mí se me retenía por desacato un tiempo.

—¿Cree que podemos esperar hasta que lo liberen? –preguntó mi hermano.

—Sugiero que os marchéis a casa. Si lo liberan, sabrá llegar.

—Mis hermanos se fueron y se sintieron abandonados y solos, aunque creo que hicieron lo correcto.

Los siguientes dos días, el senegalés siguió preguntándome por las mismas cosas; los investigadores norteamericanos le enviaban las preguntas. Eso fue todo. El senegalés no me hizo ningún daño, ni me amenazó. Como la comida en prisión era horrible, mis hermanos se organizaron con una familia que conocían en Dakar para que me llevara una comida diaria, cosa que hicieron regularmente.

Mi preocupación, como he dicho, era y aún es convencer al Gobierno de Estados Unidos de que no soy maíz. El único compañero detenido en la cárcel senegalesa tenía otra preocupación diferente: introducirse ilegalmente en Europa o América. Definitivamente teníamos objetivos diferentes. El joven de Costa de Marfil estaba decidido a abandonar África.

—No me gusta África –me dijo–. Muchos de mis amigos han muerto. Todos son muy pobres. Quiero ir a Europa o América. Lo he intentado dos veces. La primera intenté colarme en Brasil cuando burlé a los oficiales portuarios, pero un tipo africano nos delató a las autoridades brasileñas y nos metieron entre rejas hasta que fuimos deportados de vuelta a África. Brasil es un país muy bonito, con mujeres hermosas –añadió.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Estuviste en la cárcel todo el tiempo! –le interrumpí.

—Sí, pero de vez en cuando los guardias nos acompañaban por los alrededores, y después nos llevaban de regreso a la prisión –sonrió–. ¿Sabes, hermano?, la segunda vez casi llego a Irlanda. –Continuó su relato–. Pero el /////////////// implacable me retuvo en el barco y consiguió que me cogieran en la aduana.

“Parece Colón”, pensé.

—Para empezar, ¿cómo te subiste a bordo? –le pregunté.

—Es muy fácil, hermano. Soborné a algunos trabajadores del puerto. Aquella gente me metió a escondidas en el barco que iba a Europa o América. No importaba, en realidad. Me escondí en la sección de los contenedores alrededor de una semana hasta que se me acabaron las provisiones. En ese momento, salí y me mezclé con la tripulación. Al principio se volvieron locos. El capitán del barco que iba a Irlanda se enfadó tanto que quería arrojarme al agua.

—¡Qué animal! –lo interrumpí, pero mi amigo seguía hablando.

—Pero después de un tiempo la tripulación me aceptó, me dieron de comer y me pusieron a trabajar.

—¿Cómo te cogieron esta vez?

—Me traicionaron los contrabandistas. Me dijeron que el barco se dirigía a Europa sin escalas. Pero hicimos una parada en Dakar y los de aduanas me sacaron del barco, y ¡aquí estoy!

—¿Cuál es tu próximo plan?

—Voy a trabajar, a ahorrar algún dinero e intentarlo otra vez.

—Mi compañero de prisión estaba decidido a salir de África a cualquier coste. Es más, estaba seguro de que un día iba a poner un pie en la tierra prometida.

—Mira, lo que ves en la televisión no es la vida real en Europa –le dije.

—¡No! –respondió–. A mis amigos los han metido en Europa y llevan una buena vida. Mujeres bonitas y mucho dinero. África está mal.

—Es igual de fácil acabar en la cárcel en Europa.

—No me importa. La cárcel en Europa está bien. África está mal.

Di por hecho que el muchacho estaba completamente cegado por el primer mundo, que, deliberadamente, se muestra a los pobres africanos como el “paraíso” en el que no podemos entrar, aunque en algo tenía razón. En Mauritania, la mayoría de la gente joven quiere emigrar a Europa o a Estados Unidos. Si las políticas en los países africanos no cambian radicalmente a mejor, vamos a vivir una catástrofe que afectará al mundo entero.

Su celda era un desastre. La mía estaba un poco mejor. Yo tenía un finísimo colchón desgastado, mientras que él no tenía más que un trozo de cartón sobre el que dormir. Solía darle mi comida porque cuando estoy nervioso no puedo comer. Además, me traían buena comida de fuera y a él la mala comida de la prisión. Los guardias nos dejaban estar juntos durante el día y le encerraban por la noche. Mi celda estaba siempre abierta. El día antes de mi extradición a Mauritania, el embajador de Costa de Marfil vino a confirmar la identidad de mi compañero de prisión. Por supuesto, no tenía papeles de ningún tipo.

*     *    *

Notas:

  1. Las transcripciones de MOS del informe del Tribunal de Determinación del Estatuto de los Combatientes (CSRT) y de la Junta Administrativa de Revisión de 2005 dejan claro que la fecha es 21 de enero de 2000. La transcripción del Tribunal de Determinación del Estatuto de los Combatientes está disponible en http://online.wsj.com/public/resources/documents/couch-slahihearing-03312007.pdf. [CSRT, 6; ARB, 16].
  1. El contexto y los sucesos que siguen dejan claro que se trata del hombre de negocios de Senegal con quien estuvo en el aeropuerto de Bruselas.
  1. Es probable que la lengua sea wolof; de nuevo se nombra sin censurar unas páginas más adelante. [Manuscrito, 436].
  1. El personal parece estar compuesto por dos hombres y dos mujeres: el interrogador senegalés y su secretario, ambos hombres; y la jefe de Policía senegalesa y una norteamericana, ambas mujeres, a juzgar por los pronombres censurados.
  1. Dada la fecha anterior al 11-S de esta entrevista y la referencia a los canadienses, la pregunta debe de referirse a Ahmed Ressam. (Ver nota al pie 37 del capítulo 1: “En este párrafo y el siguiente, se podría estar tratando el tema de Ahmed Ressam. Ressam fue arrestado cuando intentaba entrar en los Estados Unidos de Canadá en un coche cargado de explosivos el 14 de diciembre de 2000. Estaba decidido a planear un atentado al año siguiente contra el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles en el día de Año Nuevo de 2001 como parte de lo que vino a llamarse la Trama Milenio. En mayo de 2001,después de declararse culpable y antes de la sentencia, Ressam empezó a cooperar con las autoridades de Estados Unidos a cambio de una reducción de la condena. Más adelante, un tribunal de apelaciones estadounidense escribió: ‘Ressam siguió cooperando hasta finales del año 2003. A lo largo de esos dos años de colaboración hubo 65 horas de juicio y de testimonio y 205 horas de proposiciones e interrogatorios. Ressam proporcionó información al Gobierno de siete países diferentes y testificó en dos juicios, que concluyeron con sendas condenas de los acusados. Dio nombres de 150 personas implicadas en terrorismo y describió a muchas otras. También facilitó información sobre los explosivos que potencialmente salvaron la vida de los agentes del orden público e información detallada sobre los mecanismos de las operaciones de terrorismo global’. Como MOS indica aquí, Ressam nunca lo nombró o le implicó de ninguna manera en todas aquella sesiones. Más adelante, Ressam se retractó en parte de su testimonio que implicaba a otros en la Trama Milenio. Inicialmente, se le condenó a 22 años, con 5 años de supervisión después de su liberación. En 2010, el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito reguló que la sentencia era demasiado indulgente y violaba directrices obligatorias para la imposición de condenas. Devolvió la causa a un juez federal para la celebración de un nuevo juicio. ‘Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito’, disponible enhttp://cdn.ca9.uscourts.gov/datastoreopinions/2010/02/02/09-30000.pdf. [Al intentar acceder a la página un mensaje en inglés advierte de que no puede ser localizada]).
  2. Los pronombres censurados indican que esta persona, también, podría ser una mujer.
Anuncios

Acerca de DIARIO DE GUANTÁNAMO de Mohamedou Ould Slahi

Edición española de "Guantanamo Diary" de Mohamedou Ould Slahi, primer libro escrito por un prisionero de Guantánamo sobre su situación en dicha prisión. Esta traducido por Lorena Serrano López y coeditado por Capitán Swing y Ágora Editorial. El pasado 17 de octubre, Slahi ha sido liberado sin cargos y se encuentra en casa junto a su familia en Mauritania.
Esta entrada fue publicada en Libro y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s