Diario de Guantánamo

Slahi 2013 Cruz Roja Internacional

Slahi 2013 / Cruz Roja Internacional

“Bienvenido al infierno”, le dijo un guardia de la prisión de Guantánamo… y así ha sido. Mohamedou Ould Slahi fue detenido en su natal Mauritania a petición de Washington –en su pasado tuvo contacto con Al-Qaeda–, acusado de planear un atentado terrorista. Desde 2002 está en la cárcel que Estados Unidos tiene enclavada en la isla de Cuba, donde lo han sometido a inimaginables torturas, al grado de quebrar su voluntad y obligarlo a declararse culpable. Todo lo anterior lo narra el joven mauritano en el libro Diario de Guantánamo.

“Julio, 2002, 10:00 pm. La música se había terminado. Las conversaciones de los guardias se iban apagando. El camión quedó vacío. Me parecía estar solo en ese vehículo. Pero la espera no duró: Sentí la presencia de nuevas personas, un equipo silencioso. No recuerdo ni una sola palabra durante la ‘rendición extraordinaria’ (eufemismo para llamar al secuestro de un sospechoso de terrorismo).

“Alguien me estaba aflojando las cadenas que llevaba en mis muñecas, otro me las quitó y un tercero me esposó mucho más fuerte. Otro me rompió la ropa con unas tijeras, mientras pensaba: ‘¿Qué mierda está pasando?’. Pensé: ‘Tal vez estoy en manos de los estadounidenses, me devolverán a casa, harán todo en secreto’. Pero mis pensamientos más pesimistas me decían: ‘¡Estás listo! Los norteamericanos lograron incriminarte con alguna mierda y te llevan a una prisión estadunidense por el resto de tu vida’.”

Mohamedou Ould Slahi estaba con los ojos vendados a la espera de que agentes de la CIA lo trasladaran en el avión N379P de la capital jordana, Amán, a la base militar de Bagram, en Kabul, Afganistán.

Durante el verano y comienzos del otoño de 2005, Slahi escribió a mano 466 páginas de lo que sería el libro Diario de Guantánamo. Lo redactó en una pequeña celda de aislamiento en el campo Echo de Guantánamo. Comenzó poco después de que se entrevistó con Nancy Hollander y Sylvia Royce, abogadas de su defensa.

Por los estrictos protocolos de censura de Guantánamo, cada página que Slahi escribió era entregada al gobierno de Estados Unidos para su “revisión”.

El 15 de diciembre de 2005, tres meses después de haber finalizado la última página del manuscrito, Slahi interrumpió su testimonio ante el Comité de Revisión Administrativa en Guantánamo, para decir a los presentes: “Hace poco escribí, mientras estaba aquí en prisión, un libro acerca de mi historia. Lo envié para su publicación al Distrito de Columbia y cuando sea publicado les aconsejo que lo lean. Un poco de publicidad. Es un libro muy interesante, creo”.

Pero el manuscrito no fue publicado inmediatamente. Tardó 10 años en salir a la luz. Fue sellado con la palabra “secret”, con el argumento de que su difusión pondría en riesgo la seguridad de la nación. Fue depositado en un archivo secreto en Washing­ton, accesible sólo para funcionarios con autorización especial.

Durante más de seis años los abogados de Slahi batallaron para obtener el manuscrito y lograr que su contenido fuera público.

De Alemania a Canadá

Slahi nació el 31 de diciembre de 1970 en Rosso, Mauritania. Su familia se mudó a la capital, Nuakchot, donde el joven (hijo de un vendedor de camellos) terminó la primaria con notas sobresalientes, y por sus dotes intelectuales ganó en 1988 una beca para estudiar en Alemania. Sería el primer miembro de su familia en ir a la universidad… y el primero en subir a un avión.

En Alemania estudió ingeniería eléctrica con la idea de trabajar eventualmente en telecomunicaciones y computación. Pero decidió suspender sus estudios para participar en una causa que entonces atraía a muchos jóvenes musulmanes: la insurgencia contra el gobierno comunista de Afganistán. Para sumarse a esa campaña, Slahi necesitaba prepararse, así que en 1991 se entrenó en el campo Al-Farouq, cerca de la ciudad afgana de Jost. Allí permaneció siete semanas y juró lealtad a Al-Qaeda.

Slahi regresó de todos modos a sus estudios tras recibir entrenamiento de combate, pero a comienzos de 1992, cuando el gobierno comunista afgano estaba a punto de caer, regresó a Afganistán, donde permaneció hasta la caída de Kabul.­ Pero tras el ascenso de los mujaidines al poder y el creciente caos afgano, Slahi volvió a Alemania y, según él, cortó todo vínculo­ con Al-Qaeda.

De regreso en Alemania completó su licenciatura en ingeniería eléctrica en la Universidad de Duisburgo; se esposa lo alcanzó en esa ciudad, donde vivieron y trabajaron durante los noventa.

Slahi siguió en contacto con amigos de su aventura afgana, algunos de los cuales aún tenían vínculos con Al-Qaeda. Entre ellos estaba su primo lejano y concuño Mah­fouz Ould al-Walid, también conocido como Abu Hafs al-Mauritani, uno de los principales consejeros de Osama Bin Laden.

Ambos tenían frecuentes conversaciones telefónicas y una de ellas, en 1999, realizada por Abu Hafs con el teléfono satélite de Bin Laden, encendió las alarmas de los servicios alemanes de inteligencia, los cuales descubrieron que en dos ocasiones Slahi había ayudado a Hafs a transferir 4 mil dólares a su familia en Mauritania.

En 1998, Slahi y su esposa viajaron a Arabia Saudita para participar de la tradicional peregrinación a La Meca. Ese mismo año, y sin haber conseguido la residencia en Alemania, el mauritano siguió el consejo de un amigo y solicitó un visado a Canadá. Llegó a Montreal en noviembre de 1999.

No estuvo mucho tiempo, la policía canadiense lo buscó para interrogarlo por sus conexiones con Al-Qaeda, especialmente por si sabía del complot de un amigo suyo, el argelino Ahmed Ressam.

Éste fue detenido el 14 de diciembre de 1999 en un vehículo cargado de explosivos que planeaba detonar en el aeropuerto de Los Ángeles. Ese plan terminó llamándose El Complot del Milenio. Ressam vivía en Montreal, pero asistía a la mezquita Al Sunnah –como el mauritano– y tenía muchas conexiones que ambos compartían.

El arresto de Ressam desató una gran investigación que implicaba a la comunidad musulmana de Montreal, y en especial a la que asistía a la mezquita Al Sunnah,­ y por primera vez en su vida Slahi fue interrogado por posibles vínculos con el terrorismo.

“Bienvenido al infierno”

Su familia lo convenció de que se fuera de Canadá, donde muchos de sus compañeros de mezquita eran interrogados frecuentemente. Slahi decidió regresar a su país natal.

Con su regreso comenzó la odisea que eventualmente se convertiría en el libro Diario de Guantánamo.

“Enero de 2000: Volé de Canadá a Senegal, donde compañeros me llevarían a Mauritania. Fuimos detenidos por las autoridades e interrogados por el llamado Complot del Milenio. Las autoridades estadounidenses me llevaron a Mauritania, donde seguí siendo interrogado.

“Febrero de 2000: Me siguieron interrogando por el Complot del Milenio.”

“14 de febrero de 2000: Me liberaron, concluyendo que no había evidencia que me involucrara con ese complot.”

Pero 18 días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, las autoridades de Mauritania, a petición de Washington, lo arrestaron. Mientras estaba detenido, policías allanaron su casa y se incautaron de grabaciones y documentos. El 15 de octubre de 2001 fue puesto nuevamente en libertad, sin cargos en su contra.

Tras esos dos arrestos, durante los cuales fue interrogado por agentes del FBI, Slahi logró llevar una vida relativamente normal, trabajando en el área de compu­tación y electrónica, primero para una compañía de suministros médicos y luego en una empresa del sector de importación.

Un día, al regresar a su casa la policía lo esperaba. Tuvo tiempo para bañarse, recogió sus llaves y viajó en su propio automóvil a la comisaría cercana, diciéndole a su madre que no se preocupara. “Nos vemos en un rato”, le dijo.

Pero el 28 de noviembre de 2001, una semana después de presentarse en la comisaría de motu proprio, Slahi era subido a un vuelo de “rendición extraordinaria” de la CIA con destino a una prisión en Amán, donde pasaría ocho meses; de allí fue llevado a la base militar de Bagram y dos semanas después, el 4 de agosto de 2002, a Guantánamo, en Cuba.

“Después de no sé cuántas horas el avión aterrizó en Cuba. Los guardias comenzaron a bajarnos del avión. ¡Caminen! ¡Paren! ¡Caminen! No podía caminar porque mis pies ya no podían llevarme. Me di cuenta de que en el proceso de traslado había perdido un zapato. Luego de una requisa fuera del avión los guardias gritaron: ¡Caminen! ¡No hablen! ¡Cabeza abajo! Dentro del camión, los guardias nos gritaban para que no habláramos.”

“Las cadenas en mis tobillos me estaban haciendo sangrar. Sólo podía escuchar las quejas y llantos de otros detenidos. Las golpes estaban a la orden del día. Un guardia se la pasaba golpeándome la cabeza, apretándome el cuello. Luego de una hora llegamos a la ‘tierra prometida’. El viaje había sido una verdadera tortura. Ahora sólo me preocupaba cómo me iba a parar si me lo pedían. Estaba paralizado”, narra Slahi al comienzo de su diario.

Tras haber esperado más de seis horas arrodillado bajo el sol, Slahi fue ingresado en la prisión, donde fue sometido a un control y chequeo médico que duró varias horas, antes de recibir el uniforme anaranjado. “Bienvenido al infierno”, le dijo uno de los guardias.

De allí fue trasladado a su minúscula celda, donde podía escuchar los lamentos de otros detenidos. Slahi creía en ese momento que lo peor había pasado y que después de algunos días sería devuelto a su país, tras comprobarse su inocencia. Pero estaba equivocado.

“Con cada día que pasaba el optimismo iba perdiendo terreno. Los métodos de interrogación empeoraron considerablemente en la medida en que pasaba el tiempo y los responsables de los interrogatorios rompían todos los principios de justicia que existen en Estados Unidos”, cuenta el mauritano en su libro.

Pese a su progresivo deterioro físico, pérdida de peso y a que fue llevado al hospital de la prisión varias veces, los interrogatorios no cesaron.

“El 4 de septiembre de 2002 fui transferido nuevamente y los guardias pusieron fin a mi aislamiento, llevándome con el resto de los detenidos… al principio no estuvo tan mal, pero las cosas comenzaron a ponerse feas cuando algunos interrogadores dieron inicio a la tortura de algunos detenidos; en principio eran ‘leves’. Lo primero que hacían era dejar a los prisioneros en habitaciones heladas, toda la noche”, agrega.

Hacia mediados de septiembre de 2002, el mauritano fue llevado a un cubículo para ser interrogado, y lo primero que preguntó fue:

“–¿Cuánto tiempo me van a interrogar?

“–Hasta que el gobierno siga teniendo preguntas que hacerte.

“–¿Y cuánto tiempo es eso?

“–No pasarás aquí más de cinco años.”

Las páginas de Diario de Guantánamo comienzan a partir de allí a llenarse de frases censuradas, tachones negros cada vez más frecuentes.

“Había muchas cuestiones, como la desesperación de detenidos. Interrogatorios sin fin. Falta de respeto al Corán por algunos guardias. Torturas a detenidos haciéndolos dormir en habitaciones heladas. Así que decidimos realizar una huelga de hambre; muchos detenidos participamos, incluido yo”.

“Las peores torturas”

Hacia febrero de 2003 y sin haberle podido extraer información que lo relacionara con algún complot terrorista, los interrogadores cambiaron de táctica. “De hay en adelante comenzaron las peores torturas”, cuenta Slahi.

A mediados de 2003 fue trasladado a un bloque de aislamiento, donde comenzó un infierno aún más terrible.

“Estoy a merced de los guardias y no tienen merced alguna conmigo. En este bloque la receta ha comenzado. Me privaron de mis objetos de confort, a excepción de una esterilla fina de paja y una manta muy delgada. Me quitaron libros, mi Corán, mi jabón, mi dentífrico y hasta el papel higiénico. La temperatura de la celda era casi de cero grados, por lo que estaba siempre con frío, helado. No podía ver la luz del día. Durante los siguientes 70 días no supe lo que era dormir: interrogatorios las 24 horas, en turnos de tres y hasta cuatro veces diarios”, explica.

“Si empiezas a cooperar podrás dormir y comer algo caliente”, le decían los guardias. Pero eso nunca ocurría.

Las sesiones de tortura que había autorizado el propio Donald Rumsfeld (entonces secretario estadunidense de Defensa) incluían aislamiento extremo, humillaciones físicas, psicológicas y sexuales, amenazas de muerte, amenazas a su familia y un secuestro y rendición extraordinaria simulada. Los abusos iban desde la privación de sueño hasta obligarlo a arrodillarse y permanecer en posiciones dolorosamente incómodas con sus cadenas y esposas puestas.

“Nunca me sentí tan violado como cuando un nuevo equipo de guardias comenzaba a torturarme para obligarme a que admitiera cosas que no había hecho. Usted, querido lector, nunca podría entender la amplitud del dolor físico y psicológico que la gente en mi posición sufre, sin importar cuánto trataba de ponerme en los pies de otro”, cuenta.

“Te vamos a hacer esto todos los días, a menos que hables y admitas tus crímenes”, le repetían.

Slahi cuenta que decidía mantenerse en silencio cuando lo torturaban y hablar cuando lo dejaban de atormentar.

El 25 de agosto de 2003, a las 16:00 horas, el mauritano fue trasladado –encapuchado– a otro sitio secreto, al cual llegó en algún tipo de embarcación de alta velocidad, como él mismo describe en el libro. Dentro de ese barco fue obligado a beber agua de mar, hasta vomitar y perder la conciencia. Ese viaje duró tres horas, y durante ese tiempo fue golpeado y amenazado por guardias e interrogadores para que hablara “y dijera toda la verdad”.

“¿Qué diferencia había dónde me llevaban? Me importaba menos el lugar y más la gente que me detenía. Ya no importaba dónde me transfirieran, seguiría siendo un detenido de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, y con respecto a ser transferido a otro país, no me importaba porque ya había pasado ocho meses espantosos en Jordania”, cuenta el mauritano en su libro.

En ese viaje en bote –un simulacro de otra rendición extraordinaria– Slahi fue torturado repetidas veces: le ponían una bolsa de plástico en la cabeza para impedirle respirar, mientras los interrogadores trataban de hacerlo “confesar” sus conexiones con Al-Qaeda sobre el Complot del Milenio, los atentados del 11 de septiembre y sobre Osaba Bin Laden, entre otros temas.

Después de ocho horas de ese infernal viaje en barco y en un camión, exhausto por las golpes y abusos, fue llevado a su celda en Guantánamo.

Un médico de la prisión lo revisó y lo obligó a tomar algunas tabletas.

“Traté de dormir pero no podía engañarme: mi cuerpo conspiraba contra mí. Pasó bastante tiempo hasta que los medicamentos comenzaron a hacer efecto, luego me dormí y sólo desperté cuando uno de los guardias me pateó violentamente la cabeza.”

–¡Levántate, pedazo de mierda! –le dijo uno de los guardias.

Un doctor con una máscara para no ser reconocido apareció de repente en la celda y le dio varios medicamentos. Luego salió del sitio diciendo: “Listo este hijo de puta”.

La experiencia de interrogatorios constantes, golpes, amenazas y abusos continuó ininterrumpidamente hasta que en septiembre de 2003 Slahi aceptó firmar una “confesión” escrita por uno de los interrogadores:

“Vine a Canadá con el plan de detonar la Torre CN en Toronto. Mis cómplices eran … y … Fui a Rusia a conseguir los explosivos… X escribió un programa de computadora para simulación de explosiones que recogí, testé yo mismo y entregué a X… Este último tenía que enviar el plan a X… en Londres para obtener la fatwa (autorización) final del jeque… X debía comprar mucha azúcar para mezclar con los explosivos, con el fin de aumentar el daño… X proveyó de las finanzas. Gracias a Canadian Intel, el plan fue descubierto y sentenciado a fallar. Admito que soy tan culpable como el resto de los participantes y lo siento mucho y estoy avergonzado por lo que hice”. Firma: M. O. Slahi.

El mauritano leyó el texto y le dijo a su guardia: “Si estás listo para comprar esto, yo te lo vendo”.

Dos días más tarde varios guardias aparecieron en su celda, lo encadenaron y lo sacaron del bloque de celdas. Fue la primera vez que veía la luz del día en meses. “Esto es por haber colaborado con nosotros”, le dijo uno de los guardias. Pero los interrogatorios continuarían.

La Junta de Revisión de la prisión declaró recientemente que Slahi ya no representa una “amenaza significativa permanente para la seguridad de Estados Unidos”. La revisión de su caso tuvo lugar la primera semana de julio; sin embargo, la decisión fue anunciada el pasado 20 del mismo mes. Slahi permanece en la misma celda de Guantánamo donde escribió su diario.

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Acerca de DIARIO DE GUANTÁNAMO de Mohamedou Ould Slahi

Edición española de "Guantanamo Diary" de Mohamedou Ould Slahi, primer libro escrito por un prisionero de Guantánamo sobre su situación en dicha prisión. Esta traducido por Lorena Serrano López y coeditado por Capitán Swing y Ágora Editorial. El pasado 17 de octubre, Slahi ha sido liberado sin cargos y se encuentra en casa junto a su familia en Mauritania.
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