“Con mi hermano en la bahía de Guantánamo, el corazón de mi familia está perdido.”

La semana pasada al hermano de Mohamedou Slahi se le prohibió hablar en los Estados Unidos. Esto es todo lo que quería decir…

Yo tenía 19 años cuando desapareció mi hermano, y tenía 20 años cuando descubrí que estaba en Guantánamo. Ahora tengo 33, soy ciudadano alemán residente en Dusseldorf, donde trabajo como ingeniero de sistemas informáticos.

Tengo una vida productiva y pacífica gracias a mi hermano. Crecimos en Mauritania, uno de los países más pobres del mundo. Soy el menor de 12 hermanos. Mi padre murió al poco de nacer yo, y Mohamedou se convirtió en el corazón de nuestra familia. Estudió mucho, ganando una beca para estudiar ingeniería en Alemania.

Cuando mi hermano era un estudiante en la década de 1990, se dirigió brevemente a Afganistán y luchó con al-Qaida en la guerra contra el gobierno comunista de ese país apoyado por Estados Unidos, pero él siempre ha dicho que su conexión con al-Qaida terminó en 1992 . Volvió a Alemania y terminó sus estudios, convirtiéndose en el primer miembro de nuestra familia en obtener un título universitario.

Durante casi 10 años vivió y trabajó en Duisburg, no muy lejos de donde vivo en la actualidad. En 2000, después de una década de trabajo duro para ayudar a mantener a nuestra familia, Mohamedou regresó a Mauritania, consiguió un trabajo allí y me apoyó, mientras que yo estudiaba en Alemania.

El 21 de noviembre de 2001, Mohamedou llegó a casa del trabajo y se le pidió que ir a la estación de policía de Nuakchot para ser interrogado. Se presentó voluntariamente, le dijo a mi madre que estaría en casa en unas pocas horas. Durante 11 meses, el gobierno dijo a mi familia que Estados Unidos decía que Mohamedou había estado implicado en un complot terrorista. Nos dijeron que, debido a que los EE.UU no tenían ninguna evidencia de esto, mi gobierno decía que estaba detenido en la prisión para su propia protección.

Cada semana, mi madre y mi hermano mayor entregaron ropa y comida a la prisión según las reglas de esta. Una semana después de mi cumpleaños número 20, cogí una copia del Der Spiegel en Alemania y leí que mi hermano no estaba en Mauritania, en absoluto, él era un prisionero en Guantánamo.

Con sólo el nombre de Guantánamo te puede dar un ataque de nervios. Mi familia estaba aterrorizada. La presión arterial de mi madre se disparó y su vista empezó a fallar. Sabíamos que Mohamedou no había hecho nada en contra de los Estados Unidos, que no era de ninguna manera un hombre violento, un terrorista o cualquier otro tipo de amenaza para los Estados Unidos.

Conociendo su inocencia en cierto modo era un consuelo, pero en otros sólo lo empeoró, uno de mis sobrinos se convenció de que él u otro miembro de la familia sería el próximo en desaparecer le hizo sufrir un ataque. Esto fue antes de que supiera lo que estaba sufriendo Mohamedou en Guantánamo.

A través de mis veinte años, he aprendido poco a poco de lo que estaba ocurriendo a mi hermano. He leído los informes en la prensa alemana que incluía cuentas por parte de hombres que habían sido liberados de la prisión. Me encontré con abogados americanos y periodistas alemanes que escribieron sobre el caso de Mohamedou. Era difícil para mí creer que Estados Unidos podría tratar mi hermano de una forma tan cruelmente e injusta.

Los EE.UU trató de decir que era un reclutador del 11 de Septiembre, otras que había estado implicado en la trama del Milenio en Canadá, pero nunca fue acusado o llevado a los tribunales y sabíamos que estas acusaciones no eran ciertas.

En 2010, recibimos un poco de esperanza: el abogado de Mohamedou llamó para decirme que un juez federal había revisado todas estas acusaciones, encontramos que la detención del Mohamedou no estaba justificado y ordenó su libertad. Cuando se lo dije a mi familia en Nouakchott, comenzaron a limpiar la casa y a preparar su regreso para los invitados que íbamos ha tener y que querían saludarlo en su regreso. Cinco años más tarde, todavía no podemos entender por qué el gobierno de Estados Unidos no cumplió esa decisión.

Al igual que la gente de todo el mundo, mi familia ha leído Diario de Guantánamo de Mohamedou, (Le he leído cuatro veces: en Inglés, alemán, francés y árabe). Se ha confirmado los informes terribles que había oído sobre lo que le había pasado a mi hermano, esto ha creado los peores temores de mi familia. Pero también ha dado a mi familia consuelo al saber que sigue vivo.

Junto a la tristeza que viene con la lectura de todas las etapas de la tortura de las que fue objeto, por primera vez en Jordania, a continuación, en Afganistán y lo peor de todo en Guantánamo, están extremadamente orgullosos de como se las arregló para mantener su cordura, su humanidad, y su fe. Como musulmanes, creemos en la existencia de un Dios que supervisa todo y que no permitirá que la injusticia y el sufrimiento estén con una persona inocente.

Desde que cumplí 30 años, el dolor de mi familia ha crecido, al tener que decir a mi hermano que perdimos a nuestra madre en 2013 y a un hermano mayor el año pasado. La muerte es triste, pero es parte de la vida. Lo que fue terriblemente difícil es que estaba transmitiendo esta noticia a un hermano que ha perdido 10 años de la vida familiar.

Al mismo tiempo, hemos encontrado una nueva fuente de fe: el pueblo estadounidense. Así que muchos se han puesto de pie para apoyar Mohamedou como si fuera su propio hermano, y mi familia ha sido alentada por todas las llamadas y cartas recibidas. Muchos miles han firmado también mi petición al gobierno de Estados Unidos para liberar a mi hermano, y esperamos muchos más añada sus nombres en las próximas semanas. Sí, estamos profundamente decepcionados por el gobierno de Estados Unidos por mantener Mohamedou preso cuando no ha hecho nada malo. Pero hay una diferencia entre un gobierno y su gente, y uno de nuestros más grandes fuentes de la fuerza ha sido el apoyo de mi familia ha recibido de ciudadanos de los Estados Unidos.

El 2 de junio, mi hermano finalmente verá su caso revisado en Guantánamo. En Mauritania, mi familia está preparando de nuevo nuestra casa para una inundación de amigos y simpatizantes. El gobierno de Mauritania ha dicho que le dará la bienvenida a su regreso. Mi hermano ya tiene varias ofertas de trabajo en Nouakchott, porque al igual que mi familia, nuestra comunidad también necesita a Mohamedou. Dios mediante, el corazón de nuestra familia pronto va a estar en casa, donde pertenece.

Yahdih Ould Slahi

Fuente: The Guardian

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De Bagram al Centro de Detención de Guantánamo… El nuevo hogar


Mohammedou_Ould_SalahiExtracto del primer capítulo de Diario de Guantánamo, de Mohamedou Ould Slahi, editado por Larry Siems y traducido por Lorena Serrano López, y coeditado en España por las editoriales Capitán Swing y Ágora Editorial.

Julio 2002 – febrero 2003

////////////, julio////, 2002, 10 de la noche [1].

La música estaba apagada. Las conversaciones de los guardas se desvanecían en el aire. La camioneta estaba atestada.

Me sentí solo en la camioneta fúnebre.

La espera no duró mucho: sentí la presencia de gente nueva, un grupo silencioso. No recuerdo ni una palabra de todo lo que vino a continuación.

Una persona estaba quitando las cadenas de mis muñecas. Primero una mano, otro tipo agarraba esa mano y la doblaba mientras una tercera persona iba poniéndome nuevos grilletes más firmes y más pesados. Ahora tenía las manos esposadas delante de mí.

Alguien empezó a desgarrar mi ropa con algo parecido a unas tijeras. Me sentía como ¿qué demonios está pasando? Empecé a preocuparme por el viaje que ni quería hacer ni había iniciado. Otra persona lo decidía todo por mí; excepto tomar decisiones tenía todos los problemas del mundo.  Muchos pensamientos pasaban fugazmente por mi cabeza. Los pensamientos optimistas proponían: «Quizá estás en manos de los americanos, pero no te preocupes, sólo quieren llevarte a casa y cerciorarse de que todo se hace en secreto». Los pesimistas decían: «¡Estás jodido! Los americanos tratan de echarte la culpa de alguna jodienda, te llevan a las cárceles de EE.UU. para el resto de tu vida».

Me desnudaron. Fue humillante, pero el vendaje en los ojos me libró de la desagradable visión de mi cuerpo desnudo. Durante todo el proceso, el único rezo que podía recordar era la oración de la crisis, ¡Ya hayyu! ¡Ya kayyum! La estuve murmurando todo el tiempo. Siempre que me he encontrado en una situación similar, podría olvidar todas las oraciones excepto la oración de la crisis, que aprendí de la vida de nuestro profeta, ¡que la paz sea con él!

Uno de ellos me puso un pañal alrededor de mis partes íntimas. Sólo entonces estuve totalmente seguro de que el vuelo se dirigía a los Estados Unidos. Entonces empecé a convencerme a mí mismo: «Todo va a salir bien». Mi única preocupación era que mi familia me viera en televisión en una situación tan degradante. Estaba tan flaco. Siempre lo he sido pero nunca tanto: mi ropa de calle me quedaba tan amplia que parecía como un saco.

Cuando el equipo de americanos terminó de ponerme las ropas que habían traído para mí, un tipo me quitó la venda por un momento. No pude ver mucho porque apuntó con una linterna hacia mis ojos. Estaba envuelto de la cabeza a los pies en un uniforme negro. Abrió la boca y sacó la lengua, gesticulando para que yo hiciera lo mismo, una especia de prueba de AAAH que hice sin resistencia. Vi parte de su pálido brazo de vello rubio, lo que daba consistencia a mi teoría de estar en las manos del Tío Sam.

Me retiraron el vendaje. En todo momento escuchaba el ruidoso sonido de los motores; estoy casi seguro de que algunos aviones despegaban mientras otros aterrizaban. Sentí cómo mi avión «especial» se aproximaba, o la camioneta se aproximaba al avión, no recuerdo más. Pero sí que recuerdo cuando un escolta me sacó de la camioneta; no había espacio entre la camioneta y las escaleras del avión. Estaba tan exhausto, enfermo y cansado que no podía caminar, lo que forzó al escolta a empujarme escaleras arriba como un cuerpo sin vida.

Dentro del avión hacía mucho frío. Me tumbaron en un sofá y los guardas me encadenaron, muy probablemente al suelo. Sentí cómo me ponían una manta encima, que aunque era muy fina, me reconfortó.

Me relajé y me dejé llevar por mis sueños. Pensé en diferentes miembros de mi familia que no volvería a ver. ¡Qué triste sería! Estaba llorando en silencio y sin lágrimas; por alguna razón derramé todas mis lágrimas al principio de la expedición, que fue como el límite entre la vida y la muerte. Deseé ser mejor con los demás. Deseé ser mejor con mi familia. Lamenté todos los errores cometidos en mi vida, ante Dios, ante mi familia, ¡ante cualquier persona!

Pensaba en la vida y las prisiones americanas. Pensaba en los documentales que había visto sobre sus cárceles y la dureza con la que tratan a sus prisioneros. Deseaba ser ciego o tener algún tipo de discapacidad para que me llevaran a una celda de aislamiento y me dieran un trato humano y protección. Pensaba: ¿cómo sería la primera vista con el juez? ¿Tengo alguna oportunidad de tener un proceso adecuado en un país tan lleno de odio hacia los musulmanes? ¿Estoy condenado incluso antes de tener la opción de defenderme a mí mismo?

Me sumergí en estos dolorosos sueños bajo la calidez de la manta. De vez en cuando me punzaba el dolor de las ganas de orinar. El pañal no funcionaba conmigo: no lograba convencer a mi cerebro para darle la señal a la vejiga. Cuánto más lo intentaba más se obcecaba mi cerebro. El guardia junto a mí seguía vertiendo tazas de agua embotellada en mi boca, lo que empeoraba mi situación. No había otra; o tragas o te ahogas. Estar sobre un costado me estaba matando, pero cualquier intento de cambiar de posición terminaba en fracaso, porque una mano fuerte me empujaba hacia la misma posición.

Podría asegurar que iba en un avión grande, lo que me llevó a pensar que el vuelo iba directo a los Estados Unidos. Pero después de unas cinco horas, el vuelo empezó a perder altitud y suavemente rodó sobre la pista de aterrizaje. Me di cuenta de que los Estados Unidos están algo más lejos que eso. ¿Dónde estamos? ¿En Ramstein, Alemania? ¡Sí! Eso es Ramstein, en Ramstein hay un aeropuerto militar estadounidense para los vuelos en tránsito de Oriente Medio; vamos a parar aquí a repostar. Pero tan pronto como el avión tomó tierra, los guardas se pusieron a cambiar las cadenas metálicas por otras de plástico que me cortaban los tobillos dolorosamente en el corto trayecto hacia un helicóptero. Uno de los guardias, mientras me sacaba del avión, me palmeó en el hombro como diciendo: «Vas a estar bien». En medio de la agonía en que me encontraba, este gesto me dio esperanzas de encontrar aún algunos seres humanos entre las personas que estaban encargándose de mí.

Al rozarme el sol, la pregunta me asaltó de nuevo: ¿dónde estoy? Sí, eso es, en Alemania: era julio y el sol sale pronto. Pero ¿por qué Alemania? ¡No había cometido crímenes en Alemania! ¿En qué mierda me habían metido? Y aun así, el sistema legal alemán era una mejor opción con diferencia; conozco los procedimientos y hablo el idioma. Aún más, el sistema alemán es, en cierto modo, transparente y no hay sentencias de doscientos o trescientos años. No tenía mucho que temer: un juez alemán me verá y me mostrará lo que quiera que el Gobierno ha lanzado contra mí, y después se me enviará a una prisión temporal hasta que se decida mi caso. No se me someterá a tortura y no tendré que ver los rostros diabólicos de los interrogadores.

Después de diez minutos, el helicóptero aterrizó y me llevaron a una camioneta, con un guardia en cada lado. El conductor y el copiloto hablaban en una lengua que no había escuchado nunca. Me dije: «Qué diantre están hablando, ¿Filipino, a lo mejor?». Pensé en las Filipinas porque estoy enterado de la amplia presencia del Ejército norteamericano allí. Oh, sí, son las Filipinas: ellos conspiraban con los Estados Unidos y me echaban mierda encima. ¿Qué me preguntaría su juez? Por entonces, tan sólo quería llegar y mear, y después de aquello que hiciesen lo que les pareciese. ¡Por favor, lleguemos ya! ¡Después de eso matadme si queréis!

Los guardias me sacaron de la camioneta cinco minutos después y pareció que me colocaban en una sala. Me obligaron a arrodillarme e inclinar la cabeza: tuve que permanecer en esa posición hasta que me agarraron. Gritaban: «No te muevas». Antes de preocuparme por nada más, oriné de la manera más impresionante desde que vine al mundo. Fue tal el alivio; sentí que me liberaban y me enviaban de vuelta a casa. De pronto, mis preocupaciones se esfumaron y sonreí por dentro. Nadie se dio cuenta de lo que hice.

Sobre un cuarto de hora más tarde, algunos guardias tiraron de mí y me arrastraron a una habitación en la que evidentemente habían «procesado» a muchos detenidos. Una vez que entré en la habitación, me quitaron el capuchón. Oh, las orejas me dolían horrores, y también la cabeza; de hecho todo mi cuerpo conspiraba en mi contra. Apenas podía tenerme en pie. Los guardias empezaron a despojarme de las prendas, y pronto estuve allí de pie como mi madre me trajo al mundo. Estaba allí por primera vez delante de soldados americanos, no en la televisión; esto era real. Reaccioné de la manera más común, cubriendo mis partes íntimas con mis manos. También con calma empecé a recitar despacio la oración de la crisis, ¡Ya hayyu! ¡Ya kayyum! Nadie me hizo parar de rezar; sin embargo, uno de los policías militares me estaba mirando fijamente con ojos llenos de odio. Más tarde me ordenaría dejar de mirar alrededor de la habitación.

Un ///////////////////////////////////////// médico me hizo una revisión rápida, después de la cual se me cubrió con ropas Afghani. ¡Sí, ropas Afghani en las Filipinas! Por supuesto estaba encadenado, las manos y los pies atados a la cintura. Es más, tenía las manos metidas en manoplas. ¡Listo para la acción! ¿Qué acción? ¡Ni idea!

El grupo de escolta me llevó vendado a una habitación vecina para el interrogatorio. En cuanto entré en la habitación, varias personas empezaron a chillar y a tirar cosas pesadas contra la pared. Entre el tumulto pude distinguir estas preguntas:

—¿Dónde está el mulá Omar?

—¿Dónde está Osama Bin Laden?

—¿Dónde está Jalalu din Hakani?

Un rápido análisis pasó por mi cabeza: los individuos mencionados en esas preguntas estaban gobernando un país, ¡y ahora son una panda de fugitivos! Los interrogadores se olvidaron de un par de cosas. Primero, me acababan de informar de las últimas noticias: Afganistán está siendo ocupada, pero no se ha capturado a las personas de alto nivel. Segundo, me entregué más a menos cuando empezaba la lucha contra el terrorismo y desde entonces había estado en una cárcel jordana, literalmente apartado del mundo. Por lo tanto, ¿cómo esperaban que supiera que EE.UU. ocupaba Afganistán, abandonada a su suerte una vez sus líderes habían huido? Como para saber dónde estaban ahora.

Humildemente respondí:

—No lo sé.

—¡Eres un mentiroso! —me chilló uno de ellos en un árabe entrecortado.

—No, no estoy mintiendo, me capturaron y todo eso, y sólo conozco a Abu Hafs… —dije, en un rápido resumen de toda mi historia [2].

—Deberíamos interrogar a estos hijos de puta como hacen los israelíes.

—¿Qué hacen? —preguntó otro.

—¡Los desnudan y los interrogan!

—Tal vez deberíamos hacerlo —propuso otro. Todavía había sillas volando alrededor y golpeando las paredes y el suelo. Yo sabía que se trataba solamente de una demostración de fuerza y el establecimiento del miedo y la ansiedad. Me dejé llevar e incluso me sacudí más de lo necesario. No podía creer que los americanos torturasen, incluso habiéndolo considerado una posibilidad remota.

—Te interrogaré después —dijo uno, y el intérprete americano repitió lo mismo en árabe.

—Llévale al hotel —dijo el interrogador. Esta vez el intérprete no tradujo.

Así fue el primer interrogatorio. Antes de que me cogiera el escolta, muerto de miedo, intenté conectar con el intérprete.

—¿Dónde aprendiste un árabe tan bueno? —le pregunté.

—¡En Norteamérica! —respondió, halagado. En realidad, no hablaba bien el árabe; sólo estaba tratando de hacer amigos.

El grupo de escoltas me sacó de allí. «Hablas inglés», dijo uno de ellos con un fuerte acento asiático.

«Un poco», respondí. Se rió, así como su compañero. Me sentí como un ser humano llevando una conversación informal. Me dije: «Fíjate qué amables son los americanos; te van a llevar a un hotel, te van a interrogar un par de días y después a casa sin mayor incidente. No hay por qué preocuparse. Los americanos sólo quieren comprobarlo todo y, puesto que eres inocente, eso es lo que van a averiguar. Por el amor de dios, estás en una base en Filipinas; aunque sea un lugar al borde de la legalidad, sólo es temporal». El hecho de que uno de los guardias sonase asiático reforzó mi teoría errónea de estar en las Filipinas.

Pronto llegué, no a un hotel, sino a una celda de madera sin baño o lavabo. A juzgar por el modesto mobiliario —un fino y avejentado colchón y una vieja manta—, podría decirse que había estado alguien allí. En cierta manera, me sentía feliz por haber dejado Jordania, el lugar del desorden, pero estaba preocupado por no haber podido rezar y quería saber cuántos rezos me había saltado durante el viaje. El guardia de la celda era un //////// blanco, pequeño, escuálido, hecho que me tranquilizó; durante los últimos ocho meses solamente había estado a cargo de hombres grandes y musculosos [3].

Le pregunté a //////// por la hora y /////// me dijo que eran sobre las once, si recuerdo bien. Tenía una pregunta más.

—¿Qué día es hoy?

—No sé, aquí todos los días son lo mismo ///// —respondió. Me di cuenta de que había preguntado demasiado; se suponía que ////// no debía decirme ni la hora, como sabría más tarde.

Encontré un Corán cuidadosamente colocado sobre unas botellas de agua. Me di cuenta de que no estaba solo en la cárcel, que definitivamente no era un hotel.

Resultó que se me había transportado a una celda equivocada. De pronto, vi el pie curtido de un detenido cuyo rostro no podía ver porque estaba cubierto con una bolsa negra. Pronto aprendería que las bolsas negras se ponían sobre las cabezas para vendar los ojos y que no fueran reconocibles, incluyendo al que escribe. Sinceramente, no quería ver la cara del detenido, no fuera a ser que estuviera dolorido o sufriendo, porque odio ver a la gente sufrir; me enloquece. Nunca olvidaré los gemidos y los lamentos de los pobres detenidos en Jordania cuando estaban sufriendo tortura. Recuerdo tener que taparme las orejas con las manos para no oír más gritos pero, por más que lo intentaba, todavía podría oír el sufrimiento. Era horrible, incluso peor que la tortura.

El guardia /////// junto a mi puerta detuvo al grupo de escoltas y organizó mi tránsito hacia otra celda. Era igual a la celda en la que acababa de estar, pero en la pared de enfrente. En la habitación había una botella de agua medio llena, cuya etiqueta estaba escrita en ruso; ojalá hubiera sabido ruso. Me dije a mí mismo: ¿una base americana en las Filipinas, con botellas de agua de Rusia? EE.UU. no necesita suministro de Rusia y, además, geográficamente no tiene sentido. ¿Dónde estoy? ¿Tal vez en una antigua república rusa, como Tayikistán? ¡No había manera de averiguar!

La celda no estaba equipada para poder resolver las necesidades naturales. Era imposible lavarse para la oración y, además, estaba prohibido. No tenía ni idea de cuál era la quibla o dirección a la Meca.  Hice lo que pude. El vecino de al lado tenía problemas mentales; gritaba en una lengua con la que no estaba familiarizado. Más tarde me enteré de que era un líder talibán.

Más adelante ese día, 20 de julio de 2002, los guardias me sacaron para las labores oficiales rutinarias: huellas, altura, peso, etcétera. Me ofrecieron a /////////// como intérprete. Obviamente, el árabe no era la lengua materna de //////. /////// me enseñó las normas: no hablar, no rezar en voz alta, no lavarse para la oración y otros cuantos no es en el mismo sentido [4].  El guardia me preguntó si quería usar el baño. Pensé que se refería a un lugar en el que poder darme una ducha. «Sí», dije. El baño era un barril lleno de desperdicios humanos. Era el baño más asqueroso que había visto nunca. Los guardias tenían que vigilarte mientras hacías tus cosas. No podía comer la comida —la comida en Jordania era mejor, con diferencia, que las frías raciones militares que me daban en Bagram—, así que realmente no necesitaba usar el baño. Para orinar usaría las botellas de agua vacías que tenía en mi habitación. La situación en lo referente a la higiene no era precisamente perfecta; alguna vez cuando la botella se llenaba, seguía haciéndolo en el suelo, asegurándome de que no llegase hasta la puerta.

Durante las siguientes noches de aislamiento, tuve un guardia muy divertido que estaba intentando convertirme al cristianismo. Disfrutaba de las conversaciones, aunque mi inglés era muy básico. Mi compañero de conversación era joven, religioso y vital. Le gustaba Bush («el verdadero líder religioso», según su opinión); detestaba a Bill Clinton («el infiel»). Amaba el dólar y odiaba el euro. Llevaba siempre encima una copia de la Biblia y cada vez que tenía la oportunidad me leía historias, muchas de las cuales eran del Antiguo Testamento. No las habría podido entender de no ser porque había leído la Biblia en árabe varias veces, sin olvidar que las versiones de esas historias no están tan lejos de las que están en el Corán.

No intenté discutir con él: estaba encantado de tener a alguien con quien hablar. Los dos estábamos totalmente de acuerdo en que las escrituras religiosas, incluyendo el Corán, debían de haber venido de la misma fuente. Resultó ser que el conocimiento que el temperamental soldado tenía de su religión era muy superficial. De todos modos, me divertí teniéndole de guardia. Me cedía más tiempo en el baño e, incluso, miraba para otro lado cuando utilizaba el barril.

Le pregunté por mi situación. «No eres un criminal, porque a los criminales los ponen en el otro lado», me dijo, gesticulando con las manos. Pensé en aquellos «criminales» y me figuré un puñado de jóvenes musulmanes y en lo dura que debía de ser su situación. Me sentí mal. Más tarde acabé por ser trasladado a aquellas celdas de «criminales» y me convertí en un «criminal de alta prioridad». De algún modo, me sentí avergonzado cuando el mismo guardia me vio más tarde con los «criminales», después de que me había dicho que me iban a liberar como mucho en tres días. Actuó con normalidad, pero allí no tenía mucha libertad para hablarme sobre religión porque había numerosos compañeros. Otros detenidos me dijeron que tampoco era malo con ellos.

 ***

La segunda o tercera noche ///////// me arrastró fuera de la celda y me llevó a un interrogatorio, donde el mismo //////////// árabe ya había tomado asiento. ////////////////////////////////////////////// ////////////////////////////////// //////////////////////// /////////////////////////////////////// ////////////////////////////////////////////////////////////////. Se diría que era el hombre adecuado para el trabajo; era el tipo de hombre al que no importaba hacer el trabajo sucio. Los detenidos en Bagram le llamaban //////////////////; supuestamente era responsable de torturar incluso a individuos inocentes que el Gobierno liberó [5].

No hacía falta que ////////// me esposara porque yo estaba encadenado las 24 horas del día. Dormía, comía, usaba el baño estando completamente engrilletado, de pies y manos. ////////// abrió un archivo /////////////////////////////////////////////// y empezó a través del intérprete. //////////// me hacía preguntas generales sobre mi vida y mi origen. Cuando me preguntó: «¿Qué idiomas hablas?», no me creía. Se reía con el intérprete, diciendo: «Ajá, ¿hablas alemán? Espera, vamos a comprobarlo».

De repente  //////////////////////////////// //////////////////////////////// //////////////////////////////// la habitación //////////////////////////////// ////////// ////////////////////////////////////////////////////////////////////////. No había confusión posible, él estaba ////////////////////////////////////// //////////// //////////////////////////////////// ////////////////////////// ////////////////////////////// //////////////////////////////// /////////////////////// ////////////////// /////////////////////////////// ////////////////////////////////////////// //////////////////////////////// //////////////////////////////////////////////. [6]

«Ja Wohl», contesté. ////////////////// no era /////////////////// pero su alemán era bastante aceptable, teniendo en cuenta que estuvo //////////// ///////////////////////////// //////////////////// ///////////////////////////////////// ///////////////////////////// //////////////////////////////// ///////////  //// ////// /////////////////// /////////////////////////. Le confirmó a su compañero que mi alemán era /////////////////////////////////.

Ambos me miraron con respeto después de aquello, aunque ese respeto no era suficiente para librarme de su /////// ira.

///////////////////////////////////////////, «Wharheit macht frei, la verdad te hace libre».

Cuando les oí decir aquello, supe que la verdad no me haría libre, porque arbeitno liberó a los judíos. La máquina propagandística de Hitler solía tentar a los judíos con el eslogan Arbeit macht frei, «el trabajo te hace libre», pero el trabajo no liberó a nadie.

///////////// tomó notas en su pequeño cuaderno y abandonó la habitación. /////////////// me envió de vuelta a mi cuarto y se disculpó por ///////////////////////////// [7].

—Siento tenerte levantado hasta tan tarde.

—¡No hay problema!///////// —contestó.

Después de varios días de aislamiento se me trasladó con la población reclusa general, pero sólo pude verlos, porque me pusieron en un estrecho pasillo de alambrada de espino entre las celdas. Me sentía fuera de la cárcel y gritaba y le daba gracias a Dios. Después de ocho meses de aislamiento total, vi a otros compañeros detenidos más o menos en mi situación. Detenidos «malos» como yo, que estaban encadenados 24 horas al día y puestos en el pasillo, donde todo guardia o detenido les pisoteaba al pasar. El lugar era tan estrecho que la alambrada de espino estuvo pinchándome los diez días. Vi //////////////////////////////////////////////////////////////// le alimentaban forzosamente; estaba en huelga de hambre de cuarenta y cinco días. Los guardias le chillaban y él devolvía un trozo de pan seco entre las manos. Todos los detenidos parecían bastante deteriorados, como si se les hubiera quemado y hubieran resucitado después de varios días, pero /////////////////////////////////// era una historia completamente diferente: era todo huesos sin carne. Me recordaba a las imágenes que se ven en los documentales sobre los prisioneros de la Segunda Guerra Mundial.

A los detenidos no se les permitía hablar entre ellos, pero nos entreteníamos mirándonos unos a otros. El castigo por hablarse era colgar al detenido de las manos, con los pies apenas tocando el suelo. Vi a un detenido afgano que se desmayó un par de veces estando colgado de las manos. Los médicos le «repararon» y le volvieron a colgar. Otros detenidos tenían más suerte: se les colgaba por un cierto tiempo y después se les soltaba. Muchos detenidos trataban de hablar mientras estaban colgados, lo que hacía que los guardias redoblaran el castigo. Había un compañero afgano muy mayor que supuestamente fue arrestado para conseguir a cambio a su hijo. El tipo tenía problemas de salud mental, no podía parar de hablar porque no sabía dónde estaba, ni por qué. No creo que entendiese lo que pasaba alrededor, pero los guardias seguían colgándole diligentemente. Era tan lastimoso. Un día uno de los guardias le zarandeó la cara, y lloró como un bebé.

Nos tenían en seis o siete celdas de alambrada de espino con el nombre de operaciones llevadas a cabo contra los EE.UU.: Nairobi, U.S.S. Cole, Dar es-Salman, y así sucesivamente. En todas las celdas había un detenido llamado Inglés que, benévolamente, nos hacía de intérprete para traducir las órdenes a sus compañeros. Nuestro inglés era un caballero de Sudán llamado //////////////////////////////////////. Tenía un inglés muy básico, por lo que me preguntaba en secreto si yo hablaba inglés. «No», le respondía, pero al final resultó que yo era un Shakespeare comparado con él. Mis hermanos pensaron que estaba evitando ayudarles, pero yo, simplemente, no sabía lo mal que estaba la situación.

Ahora me encontraba en frente de un montón de ciudadanos americanos muertos. Mi primera impresión, cuando les vi mascando sin descanso, fue: «Qué les pasa a estos tíos, ¿tienen que comer tanto?». La mayoría de los guardias eran altos y tenían sobrepeso. Algunos eran amables y otros muy hostiles. Cada vez que detectaba que un guardia era desagradable fingía no entender inglés. Recuerdo un vaquero que vino hacia mí con el ceño fruncido:

—¿Hablas inglés? —preguntó.

—No inglés —contesté.

—No nos gusta que hables inglés. Queremos que mueras lentamente —dijo.

—No inglés —volví a responder. No quería darle la satisfacción de ver que me había llegado su mensaje. Las personas con odio en su interior tienen siempre algo que recriminar, pero yo no estaba preparado para soportar eso.

Rezar en grupo no estaba permitido. Todos rezábamos a solas, y así lo hacía yo. Los detenidos no teníamos ni idea sobre la hora de la oración. Nos imitábamos simplemente; cuando un detenido empezaba a rezar, suponíamos que era la hora de la oración. Había un Corán disponible para los detenidos que lo pidieran. No recuerdo haberlo pedido, porque los guardias lo entregaban sin respeto; cuando pasaban el libro sagrado se lo arrojaban unos a otros como una botella. No quería dar motivo para humillar la palabra de Dios. Además, gracias a Dios, conozco el Corán de corazón. Según recuerdo, uno de los detenidos me pasó clandestinamente una copia que nadie estaba usando en la celda.

Tras un par de días, /////////////////////////////////////// me llevó para interrogarme. ///////////////////////////// hizo de intérprete.

—Cuéntame tu historia ////////////////// —pidió.

—Mi nombre es, me gradué en 1988, obtuve una beca en Alemania… —respondí dando pocos detalles, ninguno de los cuales pareció interesar o impresionar a ///////////////. Se cansó y empezó a bostezar. Sabía exactamente lo que quería oír pero no podía hacer nada por él.

Me interrumpió.

—Mi país valora extremadamente la verdad. Ahora te voy a hacer algunas preguntas y si me respondes con honestidad, vas a ser liberado y enviado con tu familia sano y salvo. Pero si no lo haces, vas a seguir preso indefinidamente. Una breve nota en mi agenda es suficiente para destruir tu vida. ¿De qué organización terrorista formas parte?

—De ninguna —repliqué.

—No eres un hombre y no mereces respeto. Arrodíllate, cruza tus manos y ponlas detrás del cuello.

Le obedecí y colocó una bolsa sobre mi cabeza. Al final me dolía terriblemente la espalda y aquella postura era muy dolorosa; ///////////////// me afectaba a mi problema con la ciática [8].///////////////////////////// trajo dos proyectores y los ajustó a mi cara. No podía ver pero el calor me agobiaba y empecé a sudar.

—Te vamos a enviar a unas instalaciones americanas donde vas a pasar el resto de tu vida —me amenazó—. No volverás a ver a tu familia. A tu familia la j**erá otro hombre. En las cárceles americanas, a los terroristas como tú los violan varios hombres a la vez. Los guardias en mi país hacen muy bien su trabajo pero es inevitable la violación. Ahora, si me dices la verdad, te soltaremos inmediatamente.

Era mayor para saber que era un asqueroso embustero y un hombre sin honor, pero estaba a su cargo, así pues, tuve que escuchar su ponzoña una y otra vez. Ojalá las agencias empezaran a contratar gente inteligente. ¿Verdaderamente pensaba que alguien se creería ese sinsentido? Alguien tendría que ser estúpido: ¿era él el estúpido, o pensaba que el estúpido era yo?

—Mira, si no me dices lo que quiero oír, voy a torturarte.

Entonces dije:

—¡Por supuesto que diré la verdad!

—¿De qué organización terrorista formas parte?

—¡De ninguna! —contesté. Volvió a poner la bolsa sobre mi cabeza y emprendió un largo discurso de humillaciones, insultos, mentiras y amenazas. La verdad es que no me acuerdo de todo, ni estoy preparado para filtrar en mi memoria tanta basura. Estaba tan cansado y malherido. Trataba de sentarme pero me forzaba a la postura otra vez. Lloré de dolor. Sí, un hombre de mi edad lloró silenciosamente. No pude aguantar la agonía.

//////////////////////////////// después de un par de horas me envió de vuelta a mi celda, prometiéndome más tortura. «Esto era sólo el principio», dijo. Regresé a mi celda, aterrorizado y agotado. Le recé a Alá para que me salvase de él. Los días que siguieron los viví con horror. Cada vez que ///////////////// pasaba por mi celda, miraba para otro lado, evitando verle para así no ser «visto» por él, exactamente como una avestruz. ////////////////////// controlaba a todo el mundo, día y noche, dando a los guardias instrucciones para cada detenido. Le vi torturando a otro detenido. No quiero relatar lo que oí sobre él; sólo quiero decir lo que vi con mis propios ojos. Era un adolescente afgano, diría que de unos 16 o 17 años. ///////////////// le hizo quedarse de pie durante tres días, sin dormir. Me sentí fatal por él. Cada vez que se caía venían los guardias a gritarle «no hay descanso para los terroristas» y le hacían ponerse en pie otra vez. Recuerdo dormirme y despertarme y él seguir ahí, en pie como un árbol.

Cuando veía a ///////////////// alrededor, mi corazón se aceleraba. Y estaba alrededor a menudo. Un día envió un //////////////////////////////// intérprete para que me diera un mensaje.

«//////////////////// te va a patear el culo».

No respondí pero dentro de mí dije: «¡Que Alá te detenga!».  En efecto ///////////////  no me pateó el culo, en cambio //////////////  me agarró para interrogarme [9]. Era un chico agradable, tal vez sintió que podía relacionarse conmigo por el idioma. ¿Y por qué no? Algunos de los guardias incluso venían a mí y practicaban su alemán cuando se enteraban de que lo hablaba.

De todos modos, me relató una larga historia. «Yo no soy como ////////////. Es joven y temperamental. Yo no empleo métodos inhumanos; tengo mis propios métodos. Quiero decirte algo sobre la historia de América y la guerra contra el terrorismo».

////////////////////////// fue directo y esclarecedor. Empezó con la historia de América y los puritanos, quienes castigaban incluso a los inocentes ahogándolos, y terminó con la guerra contra el terrorismo. «No hay detenido inocente en este campamento: si cooperas con nosotros voy a conseguirte el mejor trato, si no, te vamos a enviar a Cuba».

—¿Qué? ¿Cuba? —exclamé—. Yo ni siquiera hablo español y vosotros odiáisCuba.

—Sí, pero tenemos territorio americano en Guantánamo —dijo, y me habló de Teddy Roosevelt y cosas así. Sabía que se me iba a enviar lejos de casa y no me gustaba nada.

—¿Por qué me enviáis a Cuba?

—Hay otras opciones, como Egipto o Argelia, pero sólo enviamos allí a los muy malos. Odio mandar gente allí, porque experimentarán una penosa tortura.

—Mándame a Egipto.

—Seguro que no quieres eso. En Cuba tratan a los detenidos humanitariamente y tienen dos imanes. El campo lo lleva el DOJ [Departamento de Justicia, según sus siglas en inglés], no el ejército [10].

—Pero yo no he cometido crímenes contra su país.

—Lo siento si es así. ¡Piensa en ello como si tuvieras un cáncer!

—¿Me van a llevar ante los tribunales?

—No a corto plazo. Quizá en tres años o así, cuando mi gente se olvide del 11 de septiembre. —////////////////// siguió hablándome de su vida personal, pero no quiero reflejarlo aquí.

Tuve un par de sesiones más con ///////////////// después de aquello. Me hizo algunas preguntas y trató de engañarme, diciendo cosas como: «¡Dice que te conoce!» de personas de las que nunca había oído hablar. Tomó nota de mi dirección de correo electrónico y claves. También pidió a ////////////////// que estaban presentes en Bagram que me interrogasen, pero ellos se negaron diciendo que la ley ///////////// les prohíbe interrogar extranjeros fuera del país [11]. En todo momento estaba intentando convencerme para cooperar y así poder ahorrarme el viaje a Cuba. Sinceramente, prefería ir a Cuba que quedarme en Bagram.

—Déjalo estar —le dije—. No creo que pueda cambiar nada.

En cierta manera me gustaba //////////. No me malinterpreten, era un interrogador taimado pero, al menos, me hablaba sin faltar a mi inteligencia. Le pedí a ///////////// que me pusieran fuera de la celda con el resto de la población reclusa y mostrarle las heridas que me había ocasionado la alambrada de espino. //////////////////////  estuvo de acuerdo: en Bagram, los interrogadores podían hacer cualquier cosa contigo, tenían control sobre todo, y los policías militares estaban a su servicio. Algunas veces //////////// me daba un trago, lo que agradecía, especialmente con el tipo de dieta que seguía: frías raciones militares y pan seco en todas las comidas. En secreto les pasaba mi comida a otros detenidos.

Una noche //////////////// introdujo a dos interrogadores militares que me preguntaron sobre la Trama Milenio. Chapurreaban el árabe y fueron muy hostiles conmigo; no me permitieron sentarme y me amenazaron con toda clase de cosas. Pero ///////////////// les odiaba y me dijo en ///////////: «Si quieres cooperar, hazlo conmigo. Estos tipos militares no son nada». ¡Me sentí como en una subasta pública para la agencia que apostase más por mí! [12]

Entre los habitantes de la prisión siempre rompíamos las reglas y hablábamos entre vecinos. Yo tenía tres vecinos inmediatos. Uno era un adolescente afgano al que raptaron cuando iba a los Emiratos; trabajaba allí, razón por la que hablaba árabe con acento del Golfo. Era muy simpático y me hacía reír; en los últimos nueve meses me había olvidado de cómo hacerlo. Estaba de vacaciones con su familia en Afganistán y se fue a Irán; desde allí se dirigió a los Emiratos en un barco, pero el barco fue raptado por los EE.UU. y los pasajeros fueron arrestados.

Mi segundo vecino era un chico mauritano de veinte años nacido en Nigeria y que se había mudado a Arabia Saudí. Nunca antes había estado en Mauritania, ni hablaba el dialecto mauritano; de no presentarse, dirías que era Saudí.

Mi tercer vecino era un palestino de Jordania con nombre ///////////////////. Un líder tribal afgano lo apresó y torturó durante siete meses. Su raptor quería dinero de ////////// familia o le entregaría a los americanos, aunque la última opción era la menos halagüeña porque los EE.UU. pagaban solamente 5.000 dólares por cabeza, a menos que fuese un pez gordo.  El bandido pactó todo con ///////////////// familia en cuanto al rescate pero //////////// intentó escapar del cautiverio en Kabul. Llegó hasta Jalalabad, donde fue fácil detectarle como árabe muyahidín, y fue capturado y vendido a los americanos.  Le dije a ////////////////// que había estado en Jordania y pareció estar informado sobre sus servicios de inteligencia. Conocía a todos los interrogadores que trataban conmigo, pues él mismo ////////////////// estuvo 50 días en la misma prisión en la que yo había estado.

Cuando hablábamos cubríamos nuestras cabezas, de modo que los guardias pensaran que estábamos dormidos, y hablábamos hasta caer rendidos. Mis vecinos me contaron que estábamos en Bagram, en Afganistán, y yo les informé de que nos iban a trasladar a Cuba. Pero no me creyeron.

 

———-

Este texto es un extracto del primer capítulo de Diario de Guantánamo, publicado en España por Capitan Swing, 2016. Su autor, Mohamedou Ould Slahi, comenzó a escribir este libro tres años después de ser encerrado en Guantánamo en 2002.

Se trata de una obra muy especial al ser primer y único diario escrito por un recluido en este campo de detención de “combatientes enemigos”.

 

Notas:

1. Parece claro, a partir de una fecha no censurada pocas páginas más adelante, que la acción comienza tarde en la noche del 19 de julio de 2002. Una investigación del Consejo Europeo ha confirmado que un avión de la CIA Gulfstream  jet, con número de identificación N379P, partió de Amán, Jordania a las 11:15 aquella noche hacia Kabul, Afganistán [Manuscrito 10] [CITADO:  Disponible un addendum  del informe de 2006 con un listado del historial del avión.

 2. Abu Hafs, cuyo nombre aparece aquí y en otros lugares del manuscrito no censurado, es el primo de MOS [Mohamedou Ould Slahi] y antes su cuñado. Su nombre completo es Mahfouz Ould al-Walid, también conocido como Abu Hafs al-Mauritani. Abu Hafs se casó con la hermana de la entonces mujer de MOS. Fue un miembro esencial del consejo Shura de Al-Qaeda, el principal organismo asesor, en los años noventa y hasta los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos. Está extensamente documentada la oposición de Abu Hafs a estos ataques: la Comisión 11S registró: «Abu Hafs supuestamente incluso le escribió un mensaje a Bin Laden basando su oposición en el Corán». Abu Hafs abandonó Afganistán tras los ataques del 11S y estuvo durante la década siguiente bajo arresto domiciliario en Irán. En abril de 2012 fue extraditado a Mauritania, donde se le retuvo un breve espacio de tiempo y más tarde se le puso en libertad. Ahora es un hombre libre. La sección pertinente del informe de la Comisión 11S está disponible para su consulta.

3. El contexto sugiere que el guardia podría ser mujer. Por todo el texto los pronombres «ella» y «su (de ella)» están sistemáticamente ocultos, y «él» y «su (de él)» aparecen sin ocultar.

4. De nuevo, los pronombres censurados sugieren que el intérprete es una mujer.

5. En la sesión del 15 de diciembre de 2005 de la Junta Administrativa de Revisión (ARB, según sus siglas en inglés), MOS describía a un interrogador americano en Bagram que era estadounidense nipón y al que se referían los prisioneros de Bagram como «William el Torturador». El jefe de los interrogatorios aquí podría ser aquel interrogador. La transcripción de la vista de MOS de 2005 ante la ARB está disponible en internet.

6. El contexto implica que el segundo interrogador se dirige a MOS en alemán.

7. El contexto implica que la disculpa se dirige al intérprete.

8. En la vista de 2005 de la ARB, MOS señaló que un interrogador apodado «William el Torturador» le hizo arrodillarse durante «muchas horas» para agravar el dolor de su nervio ciático y más tarde le amenazó. [ARB 23].

9. Parece tratarse del interrogador de habla alemana que les ayudó antes en el interrogatorio.

10.  Departamento de Justicia. Por supuesto, esto no es cierto. El campo de detención de la bahía de Guantánamo está situado en la base naval de la bahía de Guantánamo y está dirigido por un grupo militar de trabajo conjunto americano bajo las órdenes del Comando Sur de los Estados Unidos.

11. Esto podría referirse a agentes del servicio extranjero de inteligencia alemán, el Bundesnachrichtendienst (BND). La prensa indica que MOS fue interrogado por agentes de la inteligencia alemana y canadiense en Guantánamo; más adelante en el manuscrito, en la escena en la que se encuentra con quienes parecen ser interrogadores de BND en GTMO, MOS se refiere concretamente a esa prohibición sobre los interrogatorios externos.

12. El comentario del interrogador sobre los interrogadores militares y la referencia de MOS a una rivalidad entre agencias por el control de su interrogatorio indica que el interrogador podría ser de una de las agencias civiles, como el FBI. El prolongado conflicto entre el FBI y la Agencia de Inteligencia de Defensa del Pentágono sobre los métodos de los interrogatorios militares se ha documentado y divulgado extensamente, en particular en el informe de mayo de 2008 del inspector general del Departamento de Justicia americano titulado Análisis de la implicación del FBI y de sus observaciones de los interrogatorios a los detenidos en la bahía de Guantánamo, Afganistán e Irak.El informe está disponible e incluye partes fundamentales dedicadas específicamente a los interrogatorios de MOS.

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Diario de Guantánamo: Senegal-Mauritania

Mohammedou_Ould_SalahiExtracto del segundo capítulo de Diario de Guantánamo, de Mohamedou Ould Slahi, editado por Larry Siems y traducido por Lorena Serrano López, que acaba de publicar en España la editorial Capitán Swing y Ágora Editorial.

21 de enero de 2000 – 19 de febrero de 2000

Un cuento tradicional de Mauritania nos habla de alguien que tenía fobia a los gallos y se volvía loco cada vez que se encontraba con uno.

—¿Por qué le dan tanto miedo los gallos? –le preguntó el psiquiatra.

—El gallo piensa que soy maíz.

—No eres maíz. Eres un hombre muy grande. Nadie podría confundirte con un pequeño grano de maíz –dijo el psiquiatra.

—Eso lo sé, doctor. Pero el gallo no. Su trabajo consiste en ir y convencerle de que no soy maíz.

El hombre nunca se curó, puesto que hablar con un gallo es imposible. Fin de la historia.

He estado tratando de convencer al Gobierno de Estados Unidos de que no soy maíz.

Todo empezó en enero de 2000, cuando iba de regreso a Mauritania después de haber vivido doce años en el extranjero. A las 8 de la tarde del día ///////////////////, mis amigos ///////////////////////////////////// me dejaron en el Aeropuerto Dorval, en Montreal. Tomé el vuelo nocturno de Sabena Airlines hacia Bruselas y mi viaje continuaría hacia Dakar al mediodía siguiente.(1)

Llegué a Bruselas por la mañana, adormilado y agotado. Después de recoger mi equipaje, me derrumbé en uno de los bancos de la zona internacional, con mi bolsa como almohada. Una cosa era segura: estaba tan cansado que cualquiera podría haber robado mi maleta. Dormí una o dos horas y, cuando me desperté, busqué un baño donde poder lavarme las manos y un lugar para rezar.

El aeropuerto era pequeño, pulcro y limpio, con restaurantes, tiendas duty-free, cabinas telefónicas, ordenadores con acceso a internet, una mezquita, una iglesia, una sinagoga y una oficina de apoyo psicológico para los ateos. Le di un repaso a todas las casas de Dios y fue impresionante. Pensé: este país podría ser un lugar donde me gustaría vivir. ¿Por qué no voy y pido asilo? No tendría problema; hablo el idioma y tengo formación suficiente para conseguir un trabajo en el centro de Europa. De hecho, he estado en Bruselas y me gustó la vida multicultural y lo polifacética que es la ciudad.

Dejé Canadá fundamentalmente porque los Estados Unidos me habían echado encima a sus servicios de seguridad; pero no me arrestaron, tan solo empezaron a vigilarme. Es mejor que te vigilen a que te metan entre rejas, ahora me doy cuenta. Finalmente, se hubieran dado cuenta de que no soy un criminal. “Nunca aprendo”, como siempre decía mi madre. Nunca imaginé que Estados Unidos estuviera tratando maliciosamente de meterme en un lugar donde la ley no cuenta.

La frontera estaba a unos palmos de distancia. Si hubiera cruzado esa frontera, nunca habría escrito este libro.

En lugar de eso, en la pequeña mezquita llevé a cabo el ritual de lavarme y rezar. Estaba muy tranquila, envuelta en paz. Estaba tan cansado que me tumbé allí dentro y leí el Corán un tiempo hasta que me quedé dormido.

Me despertaron los movimientos de otro chico que entró a rezar. Daba la impresión de que conocía el lugar y había transitado por el aeropuerto muchas veces.

Nos saludamos después de que terminara de rezar.

—¿Qué haces aquí? –me preguntó.

—Estoy en tránsito. Vengo de Canadá y me dirijo a Dakar.

—¿De dónde eres?

—De Mauritania. ¿Y tú?

—Soy de Senegal. Comercio entre mi país y los Emiratos. Estoy esperando el mismo vuelo que tú.

—¡Bien! –dije.

—Vamos a descansar. Soy miembro del Club… –propuso, no me acuerdo del nombre. Fuimos al club y fue increíble: TV, café, té, galletas, un confortable sofá, periódicos. Me sentía abrumado, estuve la mayor parte del tiempo durmiendo en el sofá. En cierto momento, mi nuevo /////////////// amigo quería comer y me despertó para acompañarle. Estaba preocupado por si no podía volver a entrar al no tener carné del club. Me habían dejado entrar solo porque mi amigo ////////////// mostró su carné de socio. Sin embargo, mi estómago rugía y decidí salir y comer algo. Me dirigí al mostrador de Sabena Airlines, pedí un ticket de comida y encontré un restaurante. La mayoría de la comida contenía carne de cerdo, así que me decidí por un plato vegetariano.

Regresé al club y esperé hasta que nos llamaron a mi amigo y a mí para el vuelo Sabena n.º 502 a Dakar. Me decidí por Dakar porque era bastante más barato que volar directamente a Nuakchot, en Mauritania. Dakar está solo a unos 482 kilómetros desde Nuakchot y me había organizado con mi familia para que me recogieran allí. Hasta ahí todo bien; la gente hace esto habitualmente.

En el vuelo me sentí lleno de energía porque había tenido un descanso reparador en el aeropuerto de Bruselas. A mi lado iba una joven francesa que vivía en Dakar, pero que estaba estudiando Medicina en Bruselas. Iba pensando que a mis hermanos no les daría tiempo a llegar al aeropuerto a la hora, de modo que tendría que pasar un tiempo en un hotel. La chica francesa amablemente me ilustró sobre los precios en Dakar y cómo la gente de Senegal intenta cobrar de más a los extranjeros, especialmente los taxistas.

El vuelo tardó unas cinco horas. Llegamos sobre las 11 de la noche y todo el formalismo duró una media hora. Cuando retiré mi maleta de la recogida de equipaje, me di de bruces con mi amigo //////////////// y nos despedimos.(2)

En cuanto me giré mientras arrastraba mi maleta, vi a mi hermano ////////////////////sonriendo; era evidente que me había visto antes que yo a él. /////////////////// iba acompañado por mi otro hermano /////////////////// y dos amigos suyos que no conocía.

Agarró mi bolsa y nos fuimos hacia el aparcamiento. Me agradó la cálida temperatura nocturna que me invadió tan pronto como traspasé la puerta. Íbamos hablando, preguntándonos unos a otros con excitación cómo iban las cosas. Cuando cruzamos la calle, honestamente no puedo describir lo que me sucedió. Lo único que sé es que en menos de un segundo tenía las manos esposadas detrás de mi espalda y me acorralaban un puñado de fantasmas que me apartaron del resto de mis acompañantes. En un primer momento pensé que era un robo, pero como se demostró más adelante, se trataba de un robo de otra clase.

“Te arrestamos en nombre de la ley”, dijo el agente especial mientras bloqueaba las cadenas alrededor de mis manos.

“¡Me arrestan!”, grité a mis hermanos, a los que no pude ver más. Me imagino que tuvo que ser doloroso para ellos perderme de vista así, de repente. No sabía si me oían o no, pero, efectivamente, parece que me habían oído porque mi hermano ////////////////// todavía se burla de mí diciéndome que fui un cobarde porque pedí ayuda. Puede que no sea valiente, pero eso es lo que ocurrió. Y lo que no sabía es que mis dos hermanos y sus dos amigos fueron arrestados al mismo tiempo. Sí, sus dos amigos; uno que vino con mis hermanos desde Nuakchot y el otro, su hermano, que vive en Dakar y había venido conduciendo con ellos al aeropuerto, justo a tiempo para ser arrestado por pertenecer a una “banda”: ¡Qué suerte la suya!

La verdad es que no estaba preparado para esta injusticia. Si hubiera sabido que los investigadores norteamericanos actuaban así, no habría dejado Canadá, o incluso Bélgica cuando estaba en tránsito. ¿Por qué Estados Unidos no me arrestó en Alemania? Alemania es uno de los más estrechos aliados de Estados Unidos. ¿Por qué no me arrestaron en Canadá? Canadá y Estados Unidos son países muy próximos. Los interrogadores e investigadores americanos afirmaban que huí de Canadá por miedo a ser arrestado, pero eso no tiene ningún sentido. En primer lugar, me marché usando mi pasaporte, con mi nombre real, después de pasar todos los trámites, incluyendo todo tipo de registros. En segundo lugar, ¿es mejor ser arrestado en Canadá o en Mauritania? ¡Por supuesto, en Canadá! ¿O por qué Estados Unidos no me arrestó en Bélgica, donde estuve casi doce horas?

Entiendo la rabia y la frustración de Estados Unidos por los ataques terroristas. Sin embargo, asaltar a individuos inocentes y hacerlos sufrir, en busca de confesiones falsas, no ayuda a nadie. Al contrario, lo hace más difícil. En todo caso, les diría a los agentes norteamericanos: “¡Tranquilos, hombre! ¡Pensad antes de actuar! ¡Valorad al menos la posibilidad, por pequeña que sea, de que estéis equivocados antes de herir irreversiblemente a alguien!”. Pero cuando sucede algo trágico, las personas se vuelven locas y pierden el control. Me han interrogado cerca de cien interrogadores a lo largo de los últimos seis años y todos ellos tienen algo en común: confusión. Tal vez sea lo que quiere el Gobierno, ¿quién sabe?

Sea como sea, la policía local del aeropuerto intervino al ver el jaleo –las Fuerzas Especiales iban vestidas de paisano, así que no había forma de diferenciarlas de un grupo de bandidos que intentara robar a alguien–, pero el tipo detrás de mí mostró una insignia mágica, que hizo a los policías retirarse inmediatamente. Los cinco fuimos metidos en un vagón de ganado y enseguida se nos unió otro amigo, el chico que había conocido en Bruselas, simplemente porque nos despedimos en la cinta de recogida de equipaje.

Los guardias se subieron con nosotros. El líder del grupo se sentó delante, en el asiento del copiloto, pero podía vernos y escucharnos porque había desaparecido el cristal que normalmente separa al conductor del ganado. El camión despegó como en una persecución de Hollywood. “Nos vas a matar”, debió de decir uno de los guardias, porque el conductor redujo un poco la velocidad. El chico de Dakar que fue al aeropuerto con mis hermanos estaba fuera de sí. Cada cierto tiempo espetaba algunas palabras indescriptibles que expresaban su preocupación y desasosiego. Al parecer, el chico pensó que yo era un traficante de droga y ¡se sintió aliviado cuando la sospecha se dirigió hacia el terrorismo! Dado que yo era el protagonista de la escena, me sentí mal por causarle tantos problemas a tanta gente. Mi único consuelo era que no había sido mi intención, aunque, en realidad, en aquel momento, el miedo saturaba el resto de mis emociones.

Cuando me senté en el rústico suelo, me sentí mejor entre la cálida compañía, incluso entre los agentes de las Fuerzas Especiales. Empecé a recitar el Corán.

“¡Cállate!”, dijo el jefe en la parte delantera. No me callé; bajé la voz, pero no lo suficiente para él. “¡Cállate!” –dijo, esta vez amenazándome con su porra–. “¡Estás tratando de hechizarnos!”. Supe que hablaba en serio, así que recé en silencio. No había intentado hechizar a nadie, ni sabía cómo hacerlo, pero los africanos son la gente más ingenua que he conocido.

El trayecto duró entre quince y veinte minutos, así que era poco después de pasada la medianoche cuando llegamos a la comisaría de Policía. Los cerebros de la operación se quedaron detrás del camión y establecieron una conversación con el amigo de Bruselas. No entendía ni una palabra; estaban hablando en una lengua local.(3) Tras una corta discusión, el chico cogió su pesada maleta, se bajó y se fue. Cuando, más tarde, les pregunté a mis hermanos qué le había dicho a la policía, me contestaron que dijo que me había visto en Bruselas y nunca antes, y que no sabía que yo era un terrorista.

Ahora estábamos cinco personas enjauladas en el camión. Estaba muy oscuro fuera aunque se apreciaba a gente yendo y viniendo. Esperamos entre cuarenta minutos y una hora en el camión. Me puse más nervioso y me asusté, especialmente cuando el tipo en el asiento del copiloto dijo: “Odio trabajar con los blancos”. O puede que usara la palabra “moros”, lo que me hizo pensar que esperaban a un equipo mauritano. Empecé a tener náuseas. Tenía el corazón en un puño y me sentía desamparado. Pensé en todas las clases de tortura que había oído y la que podría tocarme aquella noche. Me quedé ciego, como con una espesa nube sobre mis ojos; no podía ver nada. Me quedé sordo; después de aquella frase todo lo que podía oír eran susurros indiferenciados. Perdí la noción de la presencia de mis hermanos conmigo en el mismo camión. Acepté que solo Dios podía ayudarme en mi situación. Dios no falla nunca.

“Baja”, chilló el chico con impaciencia. Me moví como pude y uno de los guardias me ayudó a bajar de un salto el escalón. Nos introdujeron en una pequeña sala llena de mosquitos, justo a tiempo para que diera comienzo su festín. Ni siquiera esperaron a que estuviésemos dormidos; fueron directamente a lo suyo, lanzándose a por nosotros. Lo gracioso sobre los mosquitos es que son tímidos en pequeños grupos y muy voraces en los grandes. En grupos pequeños esperan a que te duermas. No así en grupos grandes, cuando comienzan a molestarte inmediatamente, como diciendo: “¿Qué pasa?”. Y, en efecto, no hay nada que puedas hacer. El retrete estaba indecente, lo que creaba un ambiente ideal para la cría del mosquito.

Yo era la única persona esposada. “¿Te he golpeado?”, preguntó el tipo mientras me quitaba las esposas.

“No, no lo has hecho”. Al mirar me di cuenta de que ya tenía marcas alrededor de las muñecas. Los interrogadores empezaron a sacarnos uno a uno para interrogarnos, comenzando por los forasteros. Fue una noche muy larga, espantosa, oscura y sombría.

Me llegó el turno poco antes de los primeros rayos del día.

Había dos hombres en la habitación de interrogatorio /////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////// , un interrogador masculino y su secretario.(4) La ////////////// jefe de Policía dirigía la comisaría, pero //////// no tomaba parte en el interrogatorio; //////////// parecía tan cansada que ////////// se quedó dormida de aburrimiento varias veces. La //////////////// norteamericana tomaba notas y algunas veces ///////////// le pasaba notas al interrogador. Era un ///////////////// tranquilo, escuálido, inteligente, religioso y reflexivo.

—Tenemos acusaciones muy graves contra usted –dijo, sacando una gruesa pila de papel de un sobre amarillo brillante. Antes de que los hubiera sacado, se diría que los había estado leyendo muchas veces. Y yo ya sabía de lo que estaba hablando porque los canadienses ya me habían interrogado.

—Yo no he hecho nada. Los norteamericanos quieren manchar el islam culpando a los musulmanes de cosas horribles.

—¿Conoces a /////////////////////////////////////?(5).

—No, no lo conozco. Incluso pienso que toda esta historia es una farsa, para dar salida al presupuesto destinado al terrorismo y hacer daño a los musulmanes. –Fui muy honesto con lo que dije. Entonces no sabía ni la mitad de las cosas que ahora sé. Creía demasiado en teorías conspiracionistas, aunque quizá no tanto como el Gobierno de los Estados Unidos.

El interrogador también me preguntó por otras cuantas personas, a la mayoría de las cuales no conocía. La gente que yo conocía no estaba metida en crímenes de ningún tipo, que yo supiera. Finalmente, el senegalés me preguntó por mi postura ante los Estados Unidos y por qué había pasado por su país. No lograba entender por qué mi posición hacia el Gobierno de los Estados Unidos podía importarle a alguien. Yo no soy ciudadano norteamericano, ni he pretendido entrar en los Estados Unidos, ni trabajo con la ONU. Además, siempre podría mentir. Digamos que me encanta Estados Unidos, o que los detesto, realmente no importa mientras no haya cometido crímenes contra él. Le expliqué todo esto al interrogador senegalés con una claridad que no dejó lugar a dudas sobre mis circunstancias.

“¡Se te ve muy cansado! Te propongo que te vayas a dormir un poco. Ya sé que es duro”, dijo. Por supuesto, estaba muy cansado, hambriento y sediento. Los guardias me condujeron de vuelta a la sala en la que mis hermanos y los otros dos chicos estaban tumbados en el suelo, luchando contra las muy eficaces Fuerzas Aéreas senegalesas de mosquitos ///////////////. No tuve más suerte que los demás. ¿Dormimos? En realidad no.

Temprano en la mañana se presentaron el interrogador y su asistente. Liberaron a los dos chicos y nos llevaron a mis hermanos y a mí a la sede del Ministerio del Interior. El interrogador, que resultó ser un alto cargo en el Gobierno senegalés, me llevó a su oficina y realizó una llamada al Ministerio de Asuntos Exteriores.

“El hombre que tengo enfrente no es el líder de una organización terrorista”, dijo. No pude oír lo que dijo el ministro. “En lo que a mí respecta, no tengo ningún interés en mantener a este hombre en la cárcel, ni tengo una razón”, continuó el interrogador. La llamada de teléfono fue corta y directa. Mientras tanto, mis hermanos se iban acomodando, compraron algunas cosas y empezaron a preparar el té. El té es lo que mantiene viva a la gente de Mauritania, con la ayuda de Dios. Mucho tiempo había pasado desde la última vez que habíamos comido o bebido algo, pero la primera cosa en la que pensamos fue en el té.

Me alegré porque no parecía que el tocho de papel que el Gobierno de Estados Unidos le había proporcionado al senegalés sobre mí les hubiera impresionado. A mi interrogador no le llevó mucho tiempo entender la situación. Mis dos hermanos iniciaron con él una conversación en wolof. Les pregunté a mis hermanos sobre qué trataba la conversación y me dijeron que el Gobierno senegalés no estaba interesado en retenerme, pero los Estados Unidos estaban al mando. A nadie le gustó esa noticia porque sospechábamos lo qué pasaría.

“Estamos esperando que se presenten algunas personas de la embajada norteamericana”, dijo el interrogador. Sobre las once en punto apareció una ////////americana de color.(6) //////////// hizo fotos, tomó huellas y el registro de lo que el secretario había escrito aquella mañana. Mis hermanos se sintieron más a gusto con la //////////// negra que con la ///////////// blanca de la noche anterior. La gente se siente más a gusto con lo que está acostumbrada a ver y, puesto que el 50 por ciento de los mauritanos son personas de raza negra, mis hermanos podían relacionarse con ellos mejor. Sin embargo, se trataba de una visión muy inocente: en cualquier caso, negro o blanco, ///////////////// era tan solo un mensajero.

Después de terminar su trabajo, ////////////////////// hizo un par de llamadas, se llevó al interrogador aparte y habló con él brevemente. A continuación, /////////////// se fue. El inspector nos informó de que mis hermanos podían irse y a mí se me retenía por desacato un tiempo.

—¿Cree que podemos esperar hasta que lo liberen? –preguntó mi hermano.

—Sugiero que os marchéis a casa. Si lo liberan, sabrá llegar.

—Mis hermanos se fueron y se sintieron abandonados y solos, aunque creo que hicieron lo correcto.

Los siguientes dos días, el senegalés siguió preguntándome por las mismas cosas; los investigadores norteamericanos le enviaban las preguntas. Eso fue todo. El senegalés no me hizo ningún daño, ni me amenazó. Como la comida en prisión era horrible, mis hermanos se organizaron con una familia que conocían en Dakar para que me llevara una comida diaria, cosa que hicieron regularmente.

Mi preocupación, como he dicho, era y aún es convencer al Gobierno de Estados Unidos de que no soy maíz. El único compañero detenido en la cárcel senegalesa tenía otra preocupación diferente: introducirse ilegalmente en Europa o América. Definitivamente teníamos objetivos diferentes. El joven de Costa de Marfil estaba decidido a abandonar África.

—No me gusta África –me dijo–. Muchos de mis amigos han muerto. Todos son muy pobres. Quiero ir a Europa o América. Lo he intentado dos veces. La primera intenté colarme en Brasil cuando burlé a los oficiales portuarios, pero un tipo africano nos delató a las autoridades brasileñas y nos metieron entre rejas hasta que fuimos deportados de vuelta a África. Brasil es un país muy bonito, con mujeres hermosas –añadió.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Estuviste en la cárcel todo el tiempo! –le interrumpí.

—Sí, pero de vez en cuando los guardias nos acompañaban por los alrededores, y después nos llevaban de regreso a la prisión –sonrió–. ¿Sabes, hermano?, la segunda vez casi llego a Irlanda. –Continuó su relato–. Pero el /////////////// implacable me retuvo en el barco y consiguió que me cogieran en la aduana.

“Parece Colón”, pensé.

—Para empezar, ¿cómo te subiste a bordo? –le pregunté.

—Es muy fácil, hermano. Soborné a algunos trabajadores del puerto. Aquella gente me metió a escondidas en el barco que iba a Europa o América. No importaba, en realidad. Me escondí en la sección de los contenedores alrededor de una semana hasta que se me acabaron las provisiones. En ese momento, salí y me mezclé con la tripulación. Al principio se volvieron locos. El capitán del barco que iba a Irlanda se enfadó tanto que quería arrojarme al agua.

—¡Qué animal! –lo interrumpí, pero mi amigo seguía hablando.

—Pero después de un tiempo la tripulación me aceptó, me dieron de comer y me pusieron a trabajar.

—¿Cómo te cogieron esta vez?

—Me traicionaron los contrabandistas. Me dijeron que el barco se dirigía a Europa sin escalas. Pero hicimos una parada en Dakar y los de aduanas me sacaron del barco, y ¡aquí estoy!

—¿Cuál es tu próximo plan?

—Voy a trabajar, a ahorrar algún dinero e intentarlo otra vez.

—Mi compañero de prisión estaba decidido a salir de África a cualquier coste. Es más, estaba seguro de que un día iba a poner un pie en la tierra prometida.

—Mira, lo que ves en la televisión no es la vida real en Europa –le dije.

—¡No! –respondió–. A mis amigos los han metido en Europa y llevan una buena vida. Mujeres bonitas y mucho dinero. África está mal.

—Es igual de fácil acabar en la cárcel en Europa.

—No me importa. La cárcel en Europa está bien. África está mal.

Di por hecho que el muchacho estaba completamente cegado por el primer mundo, que, deliberadamente, se muestra a los pobres africanos como el “paraíso” en el que no podemos entrar, aunque en algo tenía razón. En Mauritania, la mayoría de la gente joven quiere emigrar a Europa o a Estados Unidos. Si las políticas en los países africanos no cambian radicalmente a mejor, vamos a vivir una catástrofe que afectará al mundo entero.

Su celda era un desastre. La mía estaba un poco mejor. Yo tenía un finísimo colchón desgastado, mientras que él no tenía más que un trozo de cartón sobre el que dormir. Solía darle mi comida porque cuando estoy nervioso no puedo comer. Además, me traían buena comida de fuera y a él la mala comida de la prisión. Los guardias nos dejaban estar juntos durante el día y le encerraban por la noche. Mi celda estaba siempre abierta. El día antes de mi extradición a Mauritania, el embajador de Costa de Marfil vino a confirmar la identidad de mi compañero de prisión. Por supuesto, no tenía papeles de ningún tipo.

*     *    *

Notas:

  1. Las transcripciones de MOS del informe del Tribunal de Determinación del Estatuto de los Combatientes (CSRT) y de la Junta Administrativa de Revisión de 2005 dejan claro que la fecha es 21 de enero de 2000. La transcripción del Tribunal de Determinación del Estatuto de los Combatientes está disponible en http://online.wsj.com/public/resources/documents/couch-slahihearing-03312007.pdf. [CSRT, 6; ARB, 16].
  1. El contexto y los sucesos que siguen dejan claro que se trata del hombre de negocios de Senegal con quien estuvo en el aeropuerto de Bruselas.
  1. Es probable que la lengua sea wolof; de nuevo se nombra sin censurar unas páginas más adelante. [Manuscrito, 436].
  1. El personal parece estar compuesto por dos hombres y dos mujeres: el interrogador senegalés y su secretario, ambos hombres; y la jefe de Policía senegalesa y una norteamericana, ambas mujeres, a juzgar por los pronombres censurados.
  1. Dada la fecha anterior al 11-S de esta entrevista y la referencia a los canadienses, la pregunta debe de referirse a Ahmed Ressam. (Ver nota al pie 37 del capítulo 1: “En este párrafo y el siguiente, se podría estar tratando el tema de Ahmed Ressam. Ressam fue arrestado cuando intentaba entrar en los Estados Unidos de Canadá en un coche cargado de explosivos el 14 de diciembre de 2000. Estaba decidido a planear un atentado al año siguiente contra el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles en el día de Año Nuevo de 2001 como parte de lo que vino a llamarse la Trama Milenio. En mayo de 2001,después de declararse culpable y antes de la sentencia, Ressam empezó a cooperar con las autoridades de Estados Unidos a cambio de una reducción de la condena. Más adelante, un tribunal de apelaciones estadounidense escribió: ‘Ressam siguió cooperando hasta finales del año 2003. A lo largo de esos dos años de colaboración hubo 65 horas de juicio y de testimonio y 205 horas de proposiciones e interrogatorios. Ressam proporcionó información al Gobierno de siete países diferentes y testificó en dos juicios, que concluyeron con sendas condenas de los acusados. Dio nombres de 150 personas implicadas en terrorismo y describió a muchas otras. También facilitó información sobre los explosivos que potencialmente salvaron la vida de los agentes del orden público e información detallada sobre los mecanismos de las operaciones de terrorismo global’. Como MOS indica aquí, Ressam nunca lo nombró o le implicó de ninguna manera en todas aquella sesiones. Más adelante, Ressam se retractó en parte de su testimonio que implicaba a otros en la Trama Milenio. Inicialmente, se le condenó a 22 años, con 5 años de supervisión después de su liberación. En 2010, el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito reguló que la sentencia era demasiado indulgente y violaba directrices obligatorias para la imposición de condenas. Devolvió la causa a un juez federal para la celebración de un nuevo juicio. ‘Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito’, disponible enhttp://cdn.ca9.uscourts.gov/datastoreopinions/2010/02/02/09-30000.pdf. [Al intentar acceder a la página un mensaje en inglés advierte de que no puede ser localizada]).
  2. Los pronombres censurados indican que esta persona, también, podría ser una mujer.
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Cronología de una detención.

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Ilustración: Lance Page / truthout

Esta es la descripción, en un eje cronológico, del destino de Mohamedou. La Odisea que empieza con su vuelo de Canadá a Senegal en Enero de 2000 para estar con su familia, y que continua hoy en día en una celda de Guantánamo.

Febrero 2000

Después de 12 años estudiando, viviendo y trabajando en el extranjero, principalmente en Alemania y brevemente en Canadá, Mohamedou Ould Slahi decide regresar a Mauritania, su país natal. En el trayecto es detenido dos veces a instancias de los Estados Unidos –primero por la Policía Senegalesa y después por las Autoridades Mauritanas– e interrogado por agentes americanos del FBI en relación con la denominada Trama Milenio para atentar contra el Aeropuerto de Los Ángeles. Las autoridades le liberan el 14 de febrero de 2000 al concluir que no hay fundamentos para pensar que estuvo implicado en la trama.

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Mohamedou vive con su familia y trabaja como Ingeniero Electrónico en Nouakchott, Mauritania.

29 septiembre 2001

Mohamedou es detenido y retenido durante dos semanas por las Autoridades Mauritanas y vuelto a interrogar por agentes del FBI sobre la Trama Milenio. De nuevo es puesto en libertad, con la pública declaración por parte de las Autoridades de Mauritania de su inocencia.

20 noviembre 2001

La Policía Mauritana va a la casa de Mohamedou y le pide que les acompañe para continuar el interrogatorio. Él acepta voluntariamente y conduce su coche hasta la comisaría.

28 noviembre 2001

Un Avión de entregas especiales de la CIA transporta a Mohamedou desde Mauritania hasta una prisión en Amán, Jordania, donde es interrogado durante siete meses y medio por parte de los servicios de inteligencia jordanos.

19 julio 2002

Otro avión especial de la CIA saca a Mohamedou de Amán; se le desnuda, se le vendan los ojos, se le coloca un pañal, se le encadena y se le traslada a la Base Aérea Militar Americana de Bagram en Afghanistan. Los sucesos contados en Diario de Guantánamo comienzan con esta escena.

4 agosto 2002

Después de dos semanas de interrogatorio en Bagram, se introduce a Mohamedou en un avión militar junto con otros 34 prisioneros y se le lleva hasta Guantánamo. El grupo es instalado a su llegada el 5 de agosto de 2002.

2003-2004

Interrogadores militares estadounidense someten a Mohamedou a un ”Plan Especial de Interrogatorio” que es personalmente aprobado por el secretario de Defensa Donald Rumsfeld. Su tortura incluye meses de aislamiento extremo, una letanía de humillaciones físicas, psicológicas y sexuales, amenazas de muerte, amenazas a su familia y un secuestro y entrega fingidos.

3 marzo 2005

Mohamedou escribe una solicitud de recurso hábeas corpus.

Verano 2005

Mohamedou manuscribe las 466 páginas que compondrían este libro en su celda de aislamiento de Guantánamo.

12 junio 2008

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos regula en Boumediene v. Bush 5-4: ”Los detenidos de Guantánamo tienen el derecho de impugnar su detención mediante el procedimiento hábeas corpus”.

Agosto-diciembre 2009

El juez del Tribunal Federal Estadounidense James Robertson atiende la solicitud de hábeas corpus de Mohamedou.

22 marzo 2010

El juez Robertson concede el hábeas corpus a Mohamedou y ordena su puesta en libertad.

26 marzo 2010

La Administración Obama presenta un Recurso de Apelación.

17 septiembre 2010

El Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia devuelve el caso de hábeas corpus de Mohamedou al Tribunal Federal para una nueva audiencia. El caso está todavía pendiente.

Presente

Mohamedou permanece en Guantánamo, en la misma celda en la que tuvieron lugar muchos de los hechos narrados en este libro.

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Concedida audiencia de revisión a Mohamedou Ould Slahi

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La nueva audiencia concedida podría llevar a la liberación de Mohamedou Ould Slahi.

La Unión de Libertades Civiles Americana (ACLU) anunció el pasado 4 de Marzo que ha sido programada una audiencia de la Junta de Revisión Periódica para el próximo 2 de junio para revisar la detención del prisionero en Guantánamo Mohamedou Ould Slahi.

La memorias personales de Slahi, Diario de Guantánamo, estuvo el año pasado en lo más alto de la lista de libros más vendidos del New York Times y ha sido traducido y publicado en más de 25 países. El ciudadano mauritano ha estado preso desde 2002, pero el gobierno de Estados Unidos nunca le ha acusado de ningún delito.

Una petición online para exigir la liberación de Slahi lleva cerca de 50.000 firmas.

Mohamedou Ould Slahi finalmente tendrá la audiencia que el presidente Obama ordenó hace cinco años y que Mohamedou ha buscado durante años, luchando por ella en los tribunales, dijo Hina Shamsi, directora del Proyecto de Seguridad Nacional de la ACLU. Más que nada, Mohamedou quiere demostrar eque no representa una amenaza para los Estados Unidos y que se le debe permitir volver a casa con su familia.

Las PRB como se les conoce, evaluan si las actuales detenciones de presos de Guantánamo se justifican o no, en función de si presentan una amenaza significativa para la seguridad de los Estados Unidos. En ellas se incluyen a funcionarios de las comunidades militares y de inteligencia, así como los Departamentos de Seguridad Nacional, Justicia y Estado. El presidente Obama creó el proceso en 2011 y ordenó que se completara en un año, pero pasaron dos para la primera audiencia. Desde entonces las juntas han liberado a 19 de los 22 detenidos que han evaluado.

Después de estar detenido durante 14 años sin cargos, Mohamedou en muchos aspectos se ha convertido en el niño del cartel del régimen de detención indefinida ilegal del gobierno de Estados Unidos, dijo Nancy Hollander, una de los abogados de Slahi. A pesar de las condiciones de su detención, el espíritu de Mohamedou y su luz da un brillo de naturaleza amable en algunas de las esquinas más oscuras del campo de detención en Guantánamo y su libro han ayudado en todo el mundo ha mirar las consecuencias más profundas de la injusticia.

Las PRB son diferentes y no sustituyen la sentencia de un tribunal federal, el cual determina si la detención es legal. En 2010, el juez de la corte federal de distrito en el caso de habeas corpus de Slahi ordenó su libertad, pero el gobierno de Obama apeló con éxito. El caso fue enviado de vuelta a la corte de distrito que está en espera de nuevas medidas.

El ex fiscal jefe de las comisiones militares de Guantánamo, coronel Morris Davis, dijo que el no pudo encontrar ninguna evidencia de que Slahi hubiera participado en ningún acto de hostilidad contra los Estados Unidos. Por otra parte, el teniente coronel Stuart Couch, se negó a procesar a Slahi después de determinar que el ejército estadounidense consiguió la confesión de Slahi mediante torturas.

Slahi nació en Mauritania en 1970 y ganó una beca para estudiar en la universidad en Alemania. A principios de 1990, Slahi luchó con los muyahidines en Afganistán cuando eran parte de la resistencia afgana anticomunista que incluía al-Qaeda y que recibieron el apoyo de los Estados Unidos. El juez federal que revisó todas las evidencias en su caso, señaló que el grupo en el que participó era muy diferente al que más tarde fue. Trabajó en Alemania durante varios años como ingeniero y regresó a Mauritania en 2000. Al año siguiente, por orden de los Estados Unidos, fue detenido por las autoridades mauritanas y trasladado a una prisión en Jordania. Más tarde fue trasladado, primero Bagram, base de la Fuerza Aérea en Afganistán y, finalmente, en agosto de 2002, a la prisión estadounidense de Guantánamo, donde fue sometido a graves torturas.

Slahi era uno de los dos llamados proyectos especiales, cuyo tratamiento el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, aprobó personalmente. El abuso incluyó palizas, aislamiento extremo, privación del sueño, abusos sexuales, habitaciones frías con grilletes en posturas forzadas, amenazas de muerte contra él y su madre.

El libro de Slahi, Diario de Guantánamo , es el primer y único libro de memorias escritas en Guantánamo por un detenido que sigue preso, fue editado a partir de unas 466 páginas manuscritas. En enero de 2015, tras un año de duras batalla con los censores del gobierno, el libro fue lanzado con más de 2.500 revisiones del gobierno estadounidense.

Puedes ver extractos del libro y contenidos de audio y vídeo en: http: //www.guantánamodiary.com

Más información sobre el caso de Slahi en: https://www.aclu.org/feature/free-mohamedou-slahi

Fuente: American Civil Liberties Union

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Diario de Guantánamo en Vanity Fair España.

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Portada de la edición española.

Este mes la revista Vanity Fair en su versión española publica un reportaje sobre el libro Diario de Guantánamo, la versión impresa la podéis encontrar en cualquier quiosco y la versión digital está disponible para usuarios de Apple, Android y PC.

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#FreeSlahi

Di al gobierno de EE.UU. que libere a Slahi.

Mohamedou Ould SlahiLa publicación en enero de este año de las memorias de Slahi en la base naval de Guantánamo (Guantánamo Diary), se ha convertido en el primer libro escrito por un detenido y que continúa encerrado. En el se detalla los golpes que parte de los carceleros, la privación de sueño, las amenazas de muerte y la humillación sexual que tuvo que soportar. A pesar de todo Slahi es un optimista, empatiza incluso con sus guardias, y siempre con una sonrisa. en ningún momento perdió su humanidad… O la nuestra.

El 14 de abril, uno de los abogados de Slahi lo visitó en Guantánamo y le entrego un mensaje por parte de la American Civil Liberties Union (ACLU): que conocían su historia y estaban llevando a cabo una campaña para su liberación.

Mohamedou Slahi fue detenido y lleva encarcelado ilegalmente por el gobierno de Estados Unidos trece años. Doce de esos años han sido en la prisión de la Bahía de Guantánamo, donde fue sometido a torturas.

Los gobiernos de EE.UU. nunca han formalizado acusaciones contra Slahi.

Las distintas justificaciones del gobierno de Estados Unidos para el encierro de Slahi han fracasado porque nunca ha participado en hostilidades contra Estados Unidos. Y no representa una amenaza para los Estados Unidos.

Un ex-fiscal militar, jefe de las comisiones militares de Guantánamo, el coronel Morris Davis, ha declarado que nunca ha podía encontrar ningún delito con el que juzgar a Slahi.

En 2010, un juez federal ordenó la liberación de Slahi, rechazando los argumentos del gobierno ya que las pruebas presentadas se consiguieron bajo tortura y coacción, o no eran creíbles. El gobierno de EE.UU. nunca apeló la resolución.

Los EE.UU. mantiene encerrado a Slahi en la base naval de Guantánamo a pesar de su inocencia.

En la prisión de la Bahía de Guantánamo, Slahi fue víctima de uno de los regímenes más brutales de torturas por parte de los militares, aprobado por el propio ex-secretario de Defensa Donald Rumsfeld.

Slahi sufrió abusos físicos, privación del sueño, humillación y amenazas, y aún siendo declarado inocente y pedir su libertad… aún permanece en prisión.

¿Quieres decir al gobierno de EE.UU. que libere a Slahi? Firma en la campaña puesta en marcha por ACLU, en la que se pide al Secretario de Defensa la liberación de Slahi.

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Diario de Guantánamo: entrega, tortura y detención sin cargos

Pulsa en la imagen para ver el vídeo creado por The Guardian.

The Guardian ha editado un video documental animado sobre Diario de Guantánamo, las memorias de Mohamedou Ould Slahi, escritas en su celda de la base naval de Guantánamo. Es un extraordinadio viaje de ocho años, desde su detención en Mauritania hasta la primera carta que pudo enviar a su familia.

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Diario de Guantánamo

Mohamedou Ould Slahi sufrió en Guantánamo el más estricto aislamiento

La reciente publicación de Diario de Guantánamo del mauritano Mohamedou Ould Slahi, preso en la cárcel estadounidense, ha sacudido las conciencias de un país que no es el mismo desde el 11-S de 2001. El libro describe en primera persona las torturas y privaciones de un preso en un limbo legal que no cesa, y ha suscitado ya gran debate en medio mundo. He aquí la magnífica crítica que The New York Times ha publicado sobre el libro.

En torno al 11 de septiembre de 2001, el carácter americano cambió. “Los valores más elevados”, de los que los estadounidenses presumíamos orgullosos, pasaron a considerarse lujos que el país apenas podía permitirse en esa nueva era de peligro. La justicia y su principio fundamental de inocencia hasta que no se demuestre la culpabilidad se convirtió en un riesgo; su indulgencia, en una debilidad. Al ser preguntado recientemente por un hombre inocente que había sido torturado hasta morir en un centro clandestino de detención de la CIA en Afganistán, el antiguo vicepresidente Dick Cheney no titubea: “Me preocupan más los malos que fueron puestos en libertad que los pocos que, efectivamente, eran inocentes”. En esta nueva era en la que se sacrificaría cualquier cosa en aras de la seguridad del país, la tortura e incluso el asesinato de inocentes han de catalogarse, simple y llanamente, como “daños colaterales”.

Diario de Guantánamo es el relato más intenso escrito hasta la fecha. Un día de otoño, hace trece años, Mohamedou Ould Slahi, ingeniero eléctrónico de 30 años especializado en telecomunicaciones, recibió la visita en su casa de Nuakchot, Mauritania, de dos agentes que lo emplazaron al Ministerio de Inteligencia del país para responder a unas preguntas. “Llévese su coche”, le dijo uno de los hombres, mientras Slahi permanecía en el umbral con su madre y su tía. “Esperamos que pueda volver hoy mismo”. Al oír esas palabras, la madre de Slahi clavó sus ojos en su hijo. “Es el sabor de la impotencia”, escribe, “cuando ves a un ser querido desvanecerse como un sueño y no puedes hacer nada para ayudarle… Por el espejo retrovisor vi a mi madre y a mi tía rezando, hasta que cogimos la primera curva y mi familia desapareció”.

Aquello sucedió el 20 de noviembre de 2001. Desde entonces, la madre de Slahi ha muerto, y su hijo nunca ha regresado. Aquel día de otoño, dos meses después del 11-S, Slahi comenzó lo que él llama su “vuelta interminable por el mundo”, cortesía de los diferentes organismos estadounidenses de seguridad nacional. Tras una semana de interrogatorios en Mauritania, un “traslado extraordinario” le llevó a un centro clandestino de Jordania, donde siguió siendo interrogado, a veces brutalmente, durante ocho meses. De ahí fue trasladado en avión, con los ojos vendados, engrilletado y en pañales, a la base aérea de Bagram, en Afganistán, para otras dos semanas de interrogatorios. Acabó aterrizando en Guantánamo, donde sufrió meses del más estricto aislamiento, semanas de privación del sueño, temperaturas y niveles de sonido extremos y otra serie de elaboradas torturas, detalladas en un “plan especial” aprobado personalmente por el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, y donde permanece hasta la fecha.

Slahi escribió estas memorias en su celda de aislamiento en verano de 2005, y tras una batalla legal que se ha prolongado durante seis años, por fin las tenemos entre manos. Escritas en el inglés coloquial, aunque limitado, que pudo aprender durante su cautiverio, las páginas están deformadas por miles de “correcciones” tachadas en negro, cortesía de los agentes de inteligencia estadounidenses que desempeñaron un papel protagonista. El trabajo es una especie de obra maestra oscura, una epopeya de dolor, angustia y humor amargo, a veces insoportables, que el Dostoievski de Memoria de la casa de los muertos habría reconocido y saludado.

En sus raíces encontramos una ambigüedad exasperante, nacida de un sistema que no se rige por las reglas de las pruebas palpables o los juicios justos, sino de la sospecha, la paranoia y la violencia. Con los ojos vendados, los oídos tapados y engrilletado, Slahi viaja a una cárcel secreta de Jordania (aunque se supone que no tiene ni idea de en qué lugar del planeta está), y a su llegada le entrevistan dos agentes estúpidos que parecen sacados de una obra de Beckett:

“¿Qué has hecho?”.
“¡No he hecho nada!” Los dos estallan en una carcajada.
“Ah, claro, ¡no has hecho nada pero aquí estás!”. Me preguntaba qué crimen debería confesar para satisfacerles.

Eso, ¿qué crimen? Si la culpabilidad se presupone, ¿cómo es posible demostrar la inocencia? Y al igual que le ocurre al Joseph K. de Kafka, tercer gran espíritu literario que se deja asomar por estas páginas, los indicios de la culpabilidad de Slahi están por doquier: luchó en Afganistán a principios de los años noventa con Al Qaeda (a la sazón apoyada indirectamente por Estados Unidos); su primo lejano y luego cuñado se convirtió en uno de los principales consejeros espirituales de Bin Laden; había estudiado en Alemania, como los otros conspiradores del 11-S; había rezado en la misma mezquita de Montreal que el conspirador del “milenio”; había conocido a Ramzi Binalshibh, uno de los cerebros del 11-S.

Esos indicios, entre otros, significaban que daba el perfil de “un terrorista de alto nivel, cuya inteligencia va más allá de la fe”, dice Slahi. Esa será la premisa de los interrogadores estadounidenses, y nada de lo que los mauritanos y los jordanos dicen, por no hablar ya de lo que Slahi sostiene durante los meses de interrogatorios cada vez más brutales, puede hacerles cambiar de opinión. Las memorias de Slahi están repletas de unos diálogos tan patentemente absurdos que bien podrían estar sacados directamente de El proceso. A saber:

“Las reglas han cambiado. Lo que antes no era un crimen ahora está considerado como tal”.
“Pero si yo no he cometido ningún crimen, y por muy duras que sean vuestras leyes, yo no he hecho nada”.

“¿Qué me dirías si te enseño las pruebas”.

El interrogador le muestra una lista con las 15 “peores personas” de Guantánamo, donde aparece como número uno.

“Tiene que estar de broma”, dije.

“Pues no. ¿Es que no entiendes lo serio que es tu caso?”.

“Así que me raptáis de mi casa, en mi país, me mandáis a Jordania para que me torturen, luego a Bagram, ¿y aun así soy peor que la gente a la que pillasteis empuñando armas?”.

“Exactamente. ¡Eres muy listo! Para mí, cumples todos los requisitos de un terrorista de primer nivel. Cuando te paso el test de control terrorista, apruebas con una nota altísima”.

Estaba aterrorizado, pero siempre intentaba reprimir el miedo.

“¿Y cuál es tu [“corrección”] lista?”.

“Eres árabe, eres joven, participaste en la yihad, hablas varios idiomas, has estado en muchos países y eres licenciado en una disciplina técnica”.
“¿Y eso qué crimen es?”, pregunté.
“Mira a los secuestradores de los aviones: eran iguales que tú”.

En una sesión posterior, el interrogador recibe a Slahi con un reproductor de vídeo y le promete mostrarle la prueba definitiva. “¿Estás preparado?”, le pregunta en tono dramático, con el dedo apoyado en el botón de play. Slahi respira hondo, “listo para pegar un respingo al verme haciendo saltar por los aires algún edificio estadounidense de Tombuctú”. En cambio, la cinta mostraba a Bin Laden hablando sobre los ataques del 11-S. “Eres consciente”, le pregunta a su interrogador con su característico humor ácido, “de que no soy Osama Bin Laden, ¿verdad?”.

La culpabilidad de Slahi sigue siendo innegable, indiscutida e incuestionable, aun cuando las acusaciones sobre lo que hizo cambian. Los estadounidenses parten de la certeza de que su prisionero fue el cerebro del “complot del milenio”, el intento en 1999 a manos de Ahmed Ressam de introducir explosivos por la frontera canadiense para volar el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. Llega un momento en que Slahi confesaría de buena gana -llega un momento en que confesaría cualquier cosa que le pidiesen-, pero está atrapado en una paradoja de la que no puede escapar: “Si no conoces a alguien, no lo conoces y punto, no hay forma de cambiarlo”. Cuando los interrogadores parecen a punto de aceptar por fin la evidencia a la que ya habían llegado hace tiempo sus homólogos mauritanos, jordanos y canadienses -Ressam se había marchado de Montreal antes de la llegada de Slahi-, los estadounidenses se aferran a una nueva teoría, gracias a una confesión de Ramzi Binalshibh: Slahi había sido el “reclutador” principal para la mismísima “Gran Boda”, el complot que conduciría nada menos que al 11-S.

Según hemos podido saber gracias a un informe recién publicado por el Comité de Inteligencia del Senado, en aquella fecha Binalshibh estaba siendo sometido a torturas brutales en un centro clandestino de Marruecos. A estas alturas, Slahi está sufriendo las miles de técnicas del “plan especial” de Rumsfeld: aislamiento estricto; temperaturas heladas constantes, “hasta tal punto que no podía dejar de temblar”; posiciones de estrés, con horas pasadas de pie e inclinado, con las manos engrilletadas al suelo; baños periódicos con agua helada que le dejaban “temblando como un enfermo de Parkinson”; palizas en la cara y las costillas; abusos sexuales repugnantes; amenazas de muerte y de secuestro a su madre y otros familiares; e interrogatorios infinitos sin permitirle dormir. “Durante los próximos 70 días”, escribe, “no conocería el placer del sueño: interrogatorios de 24 horas al día, con tres y hasta cuatro turnos”. Periódicamente lo arrastran hasta una habitación oscura y lo arrojan a un suelo mugriento.

“La habitación estaba oscura como una tumba. [Corregido] puso una canción altísima -de verdad, altísima-. La canción era Let the Bodies Hit the Floor. Puede que nunca la olvide. Al mismo tiempo, [corregido] encendió unas luces de colores que me hacían daño en los ojos. ‘Si te duermes, [improperio], voy a hacerte daño’, dijo. Tuve que escuchar la canción una y otra vez hasta la mañana siguiente. Entonces empecé a rezar. ‘Deja ya la [improperio] oración’, gritó”.

Slahi empieza a alucinar, oye voces: sus amigos y familiares le “visitan”, intentando consolarlo; tiene miedo de estar volviéndose loco. Durante todo ese tiempo, interrogatorio tras interrogatorio, le muestran la “prueba” de Binalshibh. “¿Por qué iba a mentirnos?”, le preguntan los interrogadores.

Tenían la respuesta delante de sus narices, como la tenemos nosotros, descarnadamente, sobre la página. Binalshibh miente por el mismo motivo por el que lo hace Slahi: se trata de la única herramienta que tiene para detener el dolor. Desesperado por confesar haber planeado unos complots cuyos detalles ignora, Slahi suplica a sus interrogadores que le digan qué se supone que ha hecho: “¿Y cuál era mi plan malvado?”.

“Puede que no fuese exactamente atentar contra EE. UU. ¿Atacar la Torre CN de Toronto, quizás?”, dijo. Me pregunté si ese tipo estaba loco. Nunca había oído hablar de esa torre.
“¡Eres consciente de que si admito tal cosa tengo que implicar a otras personas! ¿Qué pasaría si resulta que estoy mintiendo?”, dije.
“¿Y qué? Sabemos que tus amigos son malos, así que si los arrestan, aunque sea por una mentira tuya [corregido], no importa, porque son malos”.

De modo que Slahi, vejado, exhausto, aferrándose a duras penas a la cordura, empieza a dar nombres, describir tramas, ofrecer información incriminatoria sobre cualquiera por el que le preguntan, “aunque no lo conociera. Cada vez que pensaba en la frase ‘No lo sé’ me entraban náuseas, porque recordaba las palabras de [corregido]: ‘¡Si vuelves a decir que no lo sabes, que no te acuerdas, te vamos a [improperio]!’.

Así fue como el inmenso y brutal mecanismo de los interrogatorios estadounidenses, extendiéndose por el mundo en un archipiélago de centros clandestinos con cientos de detenidos a merced de un número desconocido de interrogadores, se transformó en una intrincada máquina para generar una ficción reafirmadora. El proceso, que nunca se había descrito de manera más íntima ni convincente, recuerda peligrosamente a una versión posmoderna y globalizada de los juicios a las brujas de Salem: unos inquisidores fervorosos, ajenos a las dudas, que aplican una violencia implacable para evocar un mundo fantástico, nacido de los miedos colectivos de sus propias imaginaciones.

También son nuestros miedos, claro. Este libro no tendrá gira del autor, pues Mohamedou Ould Slahi sigue en Guantánamo. Nosotros lo mantenemos ahí. Ya han pasado casi cinco años desde que James Robertson, juez de un Tribunal de Distrito de Estados Unidos, aceptase la petición de hábeas corpus para Slahi y ordenara su puesta en libertad, pero el Gobierno interpuso un recurso, con lo que el mauritano sigue preso e incomunicado. En su ausencia, según escribe Larry Siems, el libro de Slahi “se ha editado dos veces: primero por el Gobierno de Estados Unidos, que añadió más de 2.500 correcciones tachadas en negro que censuran el texto de Mohamedou, y luego por mí. Mohamedou no ha podido participar ni responder a ninguno de esos elementos editados”. Entre las muchas correcciones, cerrilmente absurdas y descuidadas en su mayoría, el diálogo entre interrogador y prisionero continúa.

Mientras tanto, en la base de Guantánamo, los cargos acerca de enormes complots han ido abandonándose uno detrás otro. ¿Cuál es exactamente el crimen cometido por Slahi? Ahora solo se le acusa de haberse unido a Al Qaeda en el pasado, algo que nunca refutó, y de seguir siendo miembro, algo que siempre ha negado. Al final, como al principio, la culpabilidad nace por asociación: la cuestión es a quién conocía, no lo que puede demostrarse que ha hecho. “Me recuerda a Forrest Gump”, le decía Morris D. Davis, antiguo fiscal jefe de Guantánamo, a Siems en una entrevista en el año 2013.

“En la historia de Al Qaeda y el terrorismo ha habido muchos episodios importantes”, señalaba Davis, “y allí estaba Slahi, oculto en algún lugar de fondo. Estuvo en Alemania, en Canadá, en varios lugares que parecen sospechosos, y eso llevó a los investigadores a pensar que se trataba de un pez gordo. Pero luego, cuando de verdad hicieron el esfuerzo por investigarlo, no era ahí donde llegaban… su conclusión fue que hay mucho humo, pero ningún indicio”.

Nuestro país ha torturado a Slahi. Cuando el sufrimiento causado por lo que no ha sido probado ni condenado se entiende únicamente como un daño colateral, América ha cruzado el abismo. Los pasos que nos han llevado ahí fueron en gran parte secretos pero, gracias a éste y a otros relatos, ahora los conocemos: ahora sabemos de dónde venimos y a dónde vamos. Lo que no sabemos aún es cómo regresar.

Fuente: El Cultural

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La playlist de canciones utilizadas en torturas.

5801436088_c3a176f547_oCon la publicación el año pasado del informe de Senado de Estados Unidos sobre las prácticas de tortura realizadas por la CIA tras el 11-S, se empieza a dar a conocer todo tipo de información antes clasificada, entre estos documentos se encuentra la playlist de música usada por los soldados y agentes para infligir lesiones durante sesiones de tortura.

En ellas se busca lograr un “shock prolongado”, muchas veces privando del sueño a los prisioneros, o crear un efecto de desorientación “ahogando sus gritos” y marcar el inicio de los interrogatorios. Esta música se tocaba en alto en largos periodos de tiempo, incluso días, para crear en ellos, como sugería Baudrillard, una sensación de desesperanza mostrando que el infierno es la repetición de lo mismo.

La lista que se ha difundido consta sobre todo de heavy metal (Deicide, Metallica, AC/DC,…), pop (David Gray, Cristina Aguilera, Bee Gees,…) y hip-hop (Eminen, Tupac,…). Canciones ahora asociadas con el control mental y el sometimiento, este sería el playlist para escuchar.

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